Estos pies son para bailar

Pies.
Juanetes, callos. Pies planos, pies cavos. Fascitis plantar, metatarsalgia, plantillas, calzado adecuado. Pies fríos, pies ardientes, pies hinchados, pies inquietos… Pies requisados.
Los pies son para bailar…
Esto escribió Lurdes hace unos años…
…
En Abril de 2008 oí hablar por primera vez del papel del cerebro en la producción del dolor, del dolor sin daño y de la reprogramación neuronal. Fue durante un curso de dolor crónico en el centro cívico Hegoalde, de Vitoria. A veces, pequeñas decisiones tienen grandes consecuencias.
Cuando me apunté al curso, con bastante pereza, pensaba que no iba a oír nada nuevo. Creía estar bien informada respecto al dolor crónico y a la fibromialgia. Además, llevaba a la práctica las herramientas que los “expertos” proponían y había aceptado el consejo de los psicólogos de sobrellevar el dolor, cansancio y demás acompañantes, con dignidad. Programaba mis actividades en función del grado de dolor y mis pequeños objetivos salían adelante siempre que una migraña no se interpusiera en mi camino y mis pies y el resto de mi cuerpo lo permitieran. No era mucho, pero desde el diagnóstico en 2001, había necesitado 6 larguísimos años para llegar a este punto de resignación.
Sentada en primera fila, no perdía palabra de lo que el neurólogo Arturo Goicoechea y, en una sesión posterior, la fisioterapeuta-osteópata Maite Goicoechea, trataban de explicar y proponer. Según avanzaba la charla me sentía agitada ya que estaba escuchando lo impensable: ¡podía curarme! y además todo lo que oía era perfectamente lógico, científicamente fundamentado y claro:
mi cerebro estaba equivocado
Así de sencillo. Por fin todo encajaba: podía ver el cuadro completo, tenía ante mí la pieza que faltaba en mi rompecabezas. Ahora todo tenía sentido y… lo mejor de todo: había una salida.
Hasta entonces todos los profesionales de la salud, tanto en las consultas como en mis búsquedas de información en internet, libros, jornadas, artículos etc. llegaban a la misma horrible conclusión:
la fibromialgia era una enfermedad de origen misterioso, multisistémica y, por supuesto, crónica
Para mí era algo que estaba amenazando mi vida con muy mala leche a base de dolor sin fin, cansancio desproporcionado, rigideces varias, contracturas, migrañas cada vez más seguidas, intolerancia a todo tipo de estímulos (ruidos, luz, cambios de temperatura), reglas dolorosas, colon irritable, insomnio y un montón de cosas más. Todos decían que no había cura aunque había muchas investigaciones en marcha, cada cual por un camino. La mayoría estaban de acuerdo en una intervención multidisciplinar que básicamente era un batiburrillo compuesto por:
– diferentes cócteles de medicación de probada ineficacia, algunos bastante adictivos.
– actividad física continuada (buen consejo).
– higiene del sueño.
– dietas
– relajación
– actitud positiva, etc.
En resumen: una adaptación personal en todos los aspectos a la condición de enferma crónica y aceptación de los límites (cada vez más estrechos) impuestos por la fibromialgia.
MI PIE IZQUIERDO
En 1992, con 32 años, empecé a tener un dolor tremendo, a veces yendo al trabajo, paseando o en cualquier otra situación que supusiera andar un rato seguido. El pie comenzaba a quemar por dentro, entre el segundo y tercer dedo, en la zona de apoyo del metatarso. Era tan fuerte que tenía que parar de andar inmediatamente y sentarme donde y como pudiera, durante un buen rato.
Meses después la situación empeoró: cada vez llegaba antes el dolor y era más extensa la zona. El otro pie (tal vez por solidaridad) empezó también a doler, aunque no tanto. La cuestión es que cada día podía andar menos tiempo sin dolor.
El traumatólogo habló de un posible neuroma de Morton en el pie izquierdo, “desgastes” y pies cavos. Me recetó unas plantillas ortopédicas y me dijo que tuviera paciencia y cuidado de no fatigar demasiado los pies. Fue muy amable y sólo le faltó darme un caramelo para consolarme.
La adaptación a las plantillas fue larga: 1 año aproximadamente. A partir de entonces no podía dar cuatro pasos seguidos sin ellas y se convirtieron en parte de mi cuerpo. Sin embargo el dolor que me abrasaba el pie izquierdo no desapareció: ¡vamos! que estaba poco más o menos como antes pero además estaba atada a las plantillas.
Fui tirando así durante 6 o 7 años. Yo ya sabía cuándo debía parar de andar y programaba todos mis trayectos en función de mi limitación.
Mi actividad como persona que camina era pequeña, pero al menos podía andar. Por las mañanas, recién levantada, no sentía dolor (eso era un respiro) pero a medida que pasaba el día iba en aumento y el final era igual todos los días: llegar a casa llorando, tumbarme con los pies en alto y se acabó lo que se daba.
A partir de 1998 las cosas se complicaron hasta el infinito, no sólo trabajaba de pie en un recinto minúsculo en condiciones muy estresantes sino que mi vida en lo personal y familiar se convirtió en un calvario interminable y mi cuerpo, tal vez por solidaridad, cada día me sorprendía con nuevos dolores sobre todo en la zona del cuello, nuca, trapecios, hombros y ¡cómo no! la zona lumbar.
En cuanto a mis pies, muy mal y con los pulgares en pie de guerra. La resonancia magnética señaló el Neuroma de Morton y una gran degeneración artrósica del dedo gordo en la articulación metatarso-falángica de mi pie izquierdo. El otro pie no tenía neuroma pero sí una bursitis interfalángica y artrosis en el primer dedo.
Antes de la resonancia ya había sido diagnosticada de fibromialgia. Fue en 2001: me quedé rígida como un tablón, el cuello estaba rectificado en las radiografías y toda la musculatura de la espalda contracturada, desde la nuca a los glúteos. Un collarín cervical fue mi compañero inseparable durante cinco meses en los que creí volverme loca de dolor y pánico de no mejorar. Sentía mi cuerpo como un bloque de menestra congelada y veía ante mí un panorama siniestro.
Me infiltraron el neuroma varias veces, así como el interior del tobillo izquierdo y las articulaciones de las caderas (otro fichaje del club del dolor). No solucionaron nada y aunque poco a poco empecé a descongelarme, mis pies se declararon zona catastrófica. Junto con mi traumatólogo decidimos extirpar el neuroma y hacer una artrodesis en el pulgar, es decir, meter un par de clavos, cruzados, para soldar la falange con el metatarsiano y así eliminar la articulación que me hacía la vida imposible: muerto el perro se acabaría la rabia…
Ahora me parece una barbaridad pero en aquellos momentos estaba dispuesta a que me hicieran cualquier cosa ya que el futuro pintaba fatal. Necesitaba poder andar como cualquiera y además necesitaba los pies para bailar. El baile se había convertido en una motivación que me hacía levantarme por las mañanas con ilusión, ¡qué ironía…!
Me operaron a finales de agosto de 2006. La convalecencia fue muy dura ya que la unión de los huesos tardó más de cuatro meses, que los pasé escayolada. Cuando por fin me quitaron la escayola me encontré con un par de muletas, un pie derecho desconcertado sin su plantilla ortopédica y un pie izquierdo que me resultaba extraño: un desconocido rígido, con poca sensibilidad y movilidad nula. Para más INRI me producía un rechazo tremendo: no lo sentía parte de mí: pensar en los clavos me daba escalofríos y al apoyar el pie en el suelo tenía la sensación de que se incrustaban en mi carne.
Los meses siguientes fui poco a poco dejando las muletas, primero una, y luego llegó el momento de la gran aventura: ¡andar sola otra vez! Mi actividad, andando, era minúscula: un pequeño paseo al día era lo que podía hacer y con dificultad. Cojeaba, tenía tanto miedo de que al pisar fuerte, los clavos se movieran, se incrustaran, ¡qué sé yo! Además, al no tener articulación, me tropezaba conmigo misma, andaba como “pisando huevos”.
Muy lentamente alargaba los paseos, algunos días incluso me atrevía a dar dos. Era muy frustrante y el dolor no sólo no se iba: cada paso que daba tenía consecuencias. Creo que sin el baile tal vez me hubiera rendido y me agarré a él como a un clavo ardiendo. Cuando volvía a casa los sábados de mi clase de baile ya sabía la penalización que me esperaba: el resto del día tumbada con los pies en alto y domingo en casa sin andar demasiado, pero merecía la pena. En las clases de danza había muchas cosas que no podía hacer: ponerme de puntillas estaba fuera de mis expectativas y modificaba los pasos para adaptarlos a mis (torpes) pies.
Para andar por la calle tuve que usar la imaginación y hacer investigación de mercado ortopédico. Comprobé que con zapatos de plataforma (plana) andaba con más soltura y apenas cojeaba. Luego descubrí unos zapatos carísimos con un sistema de amortiguación y suela en forma de balancín que hacían el trabajo de mis pies y me alegré de poder dar el pego, parecía que andaba de forma correcta y sin cojear.
Estos apaños me facilitaron el costoso trabajo de andar. Sin embargo, no conseguía evitar que el dolor apareciera más tarde, así que estaba absolutamente convencida de que nunca podría andar lo que yo quisiera, la conquista de unas gotas de mayor autonomía eran desesperantemente lentas y el dolor dictaba la forma en que yo programaba mi vida.
Me consideraba afortunada de poder andar, aunque sólo fuera un poco, de convivir de forma civilizada con el dolor la mayor parte del tiempo. También me ayudaba el hecho de no tener que trabajar. Había asumido que nunca podría volver a hacerlo, así que llevaba una vida tranquila en casa con mi marido (no tenemos críos). Me hice socia de ASAFIMA (Asociación Alavesa de Fibromialgia) desde que se creó, más o menos en 2003, y llevaba colaborando en la junta directiva desde un par de años antes y además bailaba (como podía).
Cuando escuché decir, por primera vez, que la artrosis no “tenía” que doler necesariamente, me impactó porque si eso era cierto, ¿qué pasaba conmigo? A mí me dolía un horror y además estaban los clavos, los muy puñeteros.
Según seguía las explicaciones de Arturo y Maite sobre cerebro, redes neuronales… el dolor como parte del sentido del daño, como producto cerebral… Aunque era algo completamente diferente de todo lo que yo conocía, el discurso me atrapó y me hizo cuestionarme muchas cosas. Empecé a sentirme un poco tonta, bastante en realidad. La guinda fue saber que todo esto tenía arreglo, la plasticidad neuronal podía darme una “oportunidad” de salir del calvario de la Fibromialgia, de las migrañas y de la artrosis.
Corrí a la consulta de estos profesionales tan atípicos, quería saberlo todo, sobre el dolor, mi cerebro, mi cuerpo, mis migrañas, mis pies…
Tenía grandes dudas acerca de mis pies, los clavos y mi artrosis: ¿de verdad podía yo salir impune de la “zona catastrófica”?
Maite me enseñó la estructura interna de un pie humano, la increíble obra de ingeniería maravillosamente preparada para el movimiento y para soportar nuestro peso sin problemas, con o sin clavos (que en definitiva pasaban a integrarse en el esqueleto y en el pie). Consiguió que mi cerebro y yo comprendiéramos que mi pie izquierdo era “diferente” y que mis “desgastes” llevaban mucho tiempo conmigo y por sí mismos no eran una amenaza y por tanto no tenía ningún sentido mantener encendida la alarma del dolor y tener la zona bajo arresto preventivo de por vida. Este conocimiento cambió por completo mi visión del tema, y me sentí como una auténtica lerda, al tiempo que decidía poner manos a la obra sin vacilar.
Mi cerebro y yo nos dimos cuenta de que mis pies eran perfectamente válidos. Sólo necesitaba un empujón más. Maite en una sesión, con un par de sencillos ejercicios, me enseñó a andar de forma correcta y desde entonces todos los días paseaba, desde este conocimiento y siguiendo sus instrucciones, hasta conseguir automatizar el proceso.
Así de sencillo: empecé a tener la visión de pies y organismo sanos. Salió de mi cerebro la imagen de mujer enferma que me definía hasta entonces. Descubrí que tenía un cuerpo sano y unos pies adecuados para andar y bailar. Saber que el dolor ya no era mi carcelero, lo cambió todo. Fue mi gran revolución.
Cuando escribo estas líneas han pasado siete meses desde la charla. En este tiempo he recuperado mi vida y estoy haciendo cosas impensables: salir con amigos a bailar hasta las tantas, ir de excursión y pasear largo rato, volver a ver espectáculos, hacer un curso, ser capaz de estar sentada durante horas, ensayar y bailar con mis compañeras de danza siguiendo su ritmo de trabajo, como una más, correr para no perder el bus, etc. Estoy disfrutando de todo esto sin penalizaciones dolorosas (salvo que me pase mucho) y mi resistencia aumenta de forma continuada. La verdad, es una gozada tener un cuerpo que se mueve, se expresa y me da alegrías. Ya no es mi enemigo, me gusta y me encantan mis pies.
Creo que si a un condenado a cadena perpetua lo indultaran de repente, se sentiría poco más o menos como yo ahora, agradecida y con ganas de compartir lo feliz que soy.
Comentarios (16)
Los comentarios están cerrados.