Alfabetizar en Neurociencia del dolor

Hoy daremos la tercera clase del tercer grupo de migraña.
Llega a mis manos (via Dr. Digón, neurólogo) un demoledor artículo de una de las más prestigiosas revistas médicas: The New England Journal of Medicine (19 Enero 2012): Alleviating Suffering 101 — Pain Relief in the United States Philip A. Pizzo, M.D., and Noreen M. Clark.
Es un informe de un comité de expertos de las Universidades de Stanford y Michigan sobre la situación del manejo del dolor en los EEUU.
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Cuesta un pastón. Algo así como 560 a 650 mil millones de dólares al año (incluídos los gastos burocráticos que el dolor genera, horas laborales perdidas…etc pero no incluídos niños, presos ni militares). Más dólares que el cáncer, diabetes y cardiopatías, juntos… pero la impresión de todos es que el problema del dolor está ¡desatendido!
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Ese pastón no produce demasiada eficacia. Los pacientes y los profesionales no están satisfechos con los resultados
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Existen diferencias fundamentales en las opiniones sobre origen y manejo del dolor entre los profesionales de la Medicina.
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Las decisiones sobre el cuidado médico están influídas por las preferencias de las compañías de seguros que prefieren potenciar “remedios prácticos” y no fisioterapia, rehabilitación u otros enfoques más adecuados para el control del dolor.
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Tristemente, muchos pacientes con dolor crónico ven a los médicos como “poco escuchadores”
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Muchos ciudadanos con dolor crónico sencillamente no saben a dónde ir a pedir ayuda y cuando la piden pueden quedar frustrados, desilusionados o indignados por la ineficacia o la perceptible falta de sensibilidad de los profesionales.
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Para remediar la incoherencia entre el conocimiento sobre dolor y su aplicación se requiere una transformación cultural del modo en el que profesionales y ciudadanos ven el dolor y su tratamiento.
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A menudo, una comunidad inicialmente solidaria e implicada se vuelve intolerante y desmotivada a medida que el dolor persiste, lo cual lleva a muchos pacientes con dolor crónico a desistir desembocando en la depresión.
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El comité resalta la importancia de la educación para conseguir la necesaria transformación cultural.
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El cambio debe comenzar con la educación del paciente con dolor y el reconocimiento de que sus creencias (incluídas las derivadas de las consultas con los profesionales) pueden afectar sustancialmente el pronóstico. Este puede mejorar con la educación del paciente en dolor ya que le habilitará para jugar un papel más activo en el manejo de su propio dolor.
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Un obstáculo considerable para el cambio es la limitada educación que los estudiantes de Medicina y los médicos reciben sobre dolor.
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Lo ideal sería, dado el volumen del problema, que fueran los médicos de atención primaria quienes coordinaran el manejo del dolor pero este cambio no es viable sin una mejora significativa en su formación educación y entrenamiento
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Dada la creciente necesidad de prestación de cuidados por parte de los médicos de atención primaria no sería justo exigirles dicha prestación sin atender previamente la provisión de educación y el pago por los servicios prestados en la formación de los pacientes.
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Tres de la lista de recomendaciones del Comité se refieren a la educación como factor fundamental en el necesario cambio cultural.
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El campo del dolor es sobrecogedor y las limitaciones en el conocimiento y formación de los profesionales sanitarios son mayúsculas. La comunidad médica debiera implicarse activamente en el cambio cultural necesario para reducir el dolor.
Todo lo dicho es una traducción literal de lo que dice el comité. Es un fiel reflejo de la situación. Un desastre económico (coste-beneficio), pedagógico y, especialmente, ético.
El informe no analiza los contenidos de esa formación que exige. Sería bueno conocer lo que los expertos del comité consideran “buena teoría” y “buena práctica” pero ese es otro tema y no precisamente irrelevante. Sería terrible invertir más fondos sin fondo en difundir información que no se ajusta a lo que la neurociencia va desvelando…
La actividad de nuestro grupo, recuerdo, se lleva a cabo en horas extralaborales, no remuneradas. Pronto conoceremos el impacto de nuestra dedicación (doctores, padecientes y ex-padecientes). Veremos si bajan costes y suben beneficios.
Supongamos que fuera así. Pasaremos los resultados a los responsables sanitarios. Exigiremos que si continuamos con la prestación lo sea en horario laboral, remunerado y no como una actividad de un voluntariado que atiende cabezas en pena y que se extienda el enfoque a otros Centros promoviéndose la implicación de los profesionales en estos cursos. Creo que ya tenemos un grupo de médicos y enfermeras preparado…
Esto es lo que hay.
¿Qué dicen los neurólogos?
Los neurólogos callan…
– ¿Neurociencia del dolor? Se han producido dramáticos avances… permitirán aportar nuevos fármacos…
– Ya.
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