Acciones

Tendemos a identificar la acción con la contracción muscular. Una acción sería una respuesta muscular a un estímulo.
Intuitivamente asumimos que existe una secuencia de procesos neuronales: el estímulo es percibido (la percepción sería una simple consecuencia pasiva, obligada del impacto del estímulo sobre los sensores), analizado y evaluado y tras esa evaluación se seleccionaría una respuesta motora, una acción.
Habría neuronas sensitivas (“perceptivas”) que detectan los estímulos, neuronas que procesan e integran las señales sensoriales para extraer un significado (cognición), otras que asignan una relevancia (emotividad) y finalmente otras que seleccionan y organizan una respuesta.
Trasladando este esquema al dolor habría unos estímulos “dolorosos” (nocivos) detectados por neuronas especializadas en captar (“percibir”) “lo doloroso”, unos centros de procesamiento de “señales dolorosas percibidas” que evalúan su cualidad, ubicación, intensidad y relevancia y otros que seleccionan la respuesta motora defensiva (huida o bloqueo).
En realidad una acción es cualquier decisión de la red en cualquiera de sus capas ante cualquier evento o estado.
Los eventos pueden ser reales, consumados… o virtuales, anticipados, probabilísticos, imaginados. Una consideración anticipada de un evento es un estímulo pero a su vez es una acción (decisión). El simple hecho de considerar una probabilidad en un momento, lugar y circunstancia es una acción que irrumpe en la red como un estímulo que genera respuestas.
El dolor es una acción, una decisión de la red de generar (proyectar) su percepción como respuesta a una evaluación de riesgo de pérdida de integridad de los tejidos. El peso de las capas sensoriales nociceptivas sobre la decisión es variable. Si acabamos de pincharnos el dedo, mandan los hechos no las especulaciones probabilísticas. Si nos despertamos con dolor de cabeza, en ausencia de daño relevante, han pesado las especulaciones, las creencias y expectativas pero el dolor surge de los mismos centros que deciden activarlo, con o sin justificación.
La percepción de dolor contiene la validación de un riesgo de daño.
Toda acción, por tratarse de una decisión, puede ser errónea. Hay errores motores, emocionales, cognitivos y perceptivos. Hay dolores erróneos.
Una vez descartado el daño relevante que justifica la decisión perceptiva dolorosa, debe identificarse el error, desentrañar su génesis y tratar de eliminar aquello que induce a considerar una probabilidad equivocada.
Las acciones erróneas de la red deben neutralizarse con acciones de signo contrario. El afrontamiento erróneo del individuo frente al dolor: sus acciones-decisiones emocionales, interpretativas, conductuales, si animan la persistencia innecesaria del dolor, deben corregirse.
Cuando no percibimos dolor no podemos concluir que no sucede nada peligroso. Sólo sabemos que el sistema no ha decidido activar la acción perceptiva dolorosa o, incluso, que ha decidido silenciarla, inhibirla.
Tan errónea puede ser la decisión de activar el dolor (en ausencia de daño relevante) como de mantenerlo inactivo (en presencia de daño relevante).
La percepción es una decisión, una más de la compleja trama de decisiones que definen la actividad cotidiana de la red.
La red no es infalible. Deberíamos procurar reducir los índices de error de las acciones dolientes cerebrales a unos niveles razonables.
Consulte a su médico para descartar daño relevante. Una vez descartado… ya no sabría qué decirle…
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