Inferencias

La realidad no tiene el detalle de autoseñalizarse debidamente. Tenemos noticia de agentes y estados a través de indicios, datos insuficientes, ambiguos, confusos. El error de atribución es fácil. Si el universo a considerar es el interior somático (“la caja negra”) la tendencia a sacar conclusiones equivocadas aumenta.
Homo sapiens (ma non troppo) no se ha arrugado nunca ante las cajas negras. Siempre ha dispuesto causas para explicar cualquier efecto. Unas pocas obervaciones le han bastado para sacar conclusiones. La conciencia de realidad no ha sido especialmente exigente a la hora de dar por cierto lo que parece serlo o, simplemente, necesitamos que lo sea por la sencilla razón de que se acomoda a nuestros estados de ánimo o a nuestro sistemas de creencias.
La supervivencia exige decisiones rápidas ante la amenaza potencial. No caben debates internos complejos en los que se piden más datos antes de salir huyendo o hacerse el muerto. Los pájaros salen volando ante cualquier estímulo y los ratones corren hacia la madriguera.
Mientras no se demuestre lo contrario, todo puede ser relevante y, también mientras no se demuestre lo contrario, es mejor actuar como si lo fuera.
El riesgo de dejarse llevar por la tendencia biológica a la hiperrelevancia es que se construyan falsas creencias, ilusiones, percepciones sin estímulo, alarmas, miedos…
Los estilos de sacar conclusiones varían entre los individuos y están influidos por genes e interacción azarosa o guiada con el entorno. Hay cerebros que tienden a la precipitación. Otros aguantan el tirón de los primeros datos y piden más muestras. Hay cerebros que sólo consideran unas pocas variables como relevantes. Otros están dispuestos a asignar relevancia a más agentes y estados.
Equivocarse es consustancial a la vida. También lo es el poder detectar el error y minimizarlo en el tiempo cuando vamos topando con la misma piedra. La biología ha facilitado recursos para ello.
Hay cerebros que cambian de creencia a la primera evidencia contraria. Hay otros que no se apean del burro.
La vida aborrece la incertidumbre y la evolución ha explorado modos de minimizarla. Sapiens (m.n.t.) ha optado por la socialización del conocimiento, la cultura. Cuando nacemos, estamos preparados genéticamente para experimentar, imitando y oyendo a los instructores. Cada uno va construyendo su modo particular de concluir, precipitada o cautelosamente, dejándose influir por el ánimo o por la racionalidad, aceptando la asesoría de los instructores mayoritarios o buscando novedades…
Ya Helmholtz, en el siglo XIX, sugirió que la percepción es un producto de la inferencia inconsciente. Parece que, desde las neurociencias del siglo XXI, no le faltaba razón.
El dolor es la consecuencia de un flujo de toma de decisiones cerebrales dominadas por la atribución de relevancia de amenaza a la integridad física en un determinado tiempo-espacio corporal. Pueden haber bastado unos datos sensoriales de nocividad actual, pasada o imaginada para concluir, precipitadamente, que existe peligro de daño.
– Me duele el cuello
– Son las cervicales…
– Es lo que pensaba…
Malo es precipitarse en una conclusión equivocada pero peor es encontrarse con una validación “experta” potencialmente errónea, también precipitada.
En el pensamiento delirante de la esquizofrenia existe el sesgo hacia la conclusión precipitada, a la hiperrelevancia.
En el pensamiento ¿delirante? del dolor sin daño puede que también se dé el mismo sesgo cognitivo. El problema es que el profesional puede que esté reforzando ese sesgo, participando activamente en la consolidación del delirio somático.
– Estuve en el médico. Me lo temía: tengo las cervicales hechas un asco. Me dijo que como no me cuide acabaré en una silla de ruedas…
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