La Ciencia del dolor del ratón torturado

No trato de denunciar las prácticas inratoniles de la investigación humana. Son inhumanas… pero prestan servicios de los que probable e inconscientemente me esté beneficiando.
Lo que quiero decir es que la investigación de laboratorio con ratones es difícilmente extrapolable a lo que sucede en nuestra especie o, al menos, a la hora de sacar conclusiones habría que extremar las precauciones recordando las condiciones en las que se ha tratado de averiguar si el ratón de turno siente dolor y a qué es debido.
El dolor que actualmente genera mayor problema para su control es aquél no asociado a daño tisular relevante. ¿Cómo conseguir un modelo en ratón en el que poder analizar lo que sucede sin dañarlo? Se me ocurren dos formas:
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administrando moléculas portadoras de (falsa) información sobre nocividad. El cerebro actúa como si hubiera daño pero no lo hay. Una vez activada la falsa alarma analizamos los efectos. Medimos “moléculas del dolor”: factores de crecimiento, hormonas, glutamato, sustancia P, óxido nítrico, prostaglandinas, serotonina… lo que esté en la diana del investigador. Para mayor rigor científico se administra a un grupo un antagonista del agonista o se bloquea la expresión de un gen y se comprueba que: con X duele y con antiX duele menos. Conclusión: la molécula X interviene en el dolor. Se abre una nueva y prometedora vía para nuevos fármacos… ¿Cómo sabemos que el ratón tiene dolor? Aplicando estímulos potencialmente nocivos (por ejemplo: calor nocivo) y calculando el tiempo que tarda la pata del ratón en alejarse de la placa, que cada vez está más caliente… Es decir: es un modelo de dolor nociceptivo (daño relevante: la plancha demasiado caliente). Otro modelo similar sería el de aplicar tópicamente capsaicina (la molécula que confiere el picante a las guindillas) y un poco después calor para comprobar que existe alodinia térmica (el calor produce dolor en la zona que pica). Sabemos que la capsaicina actúa sobre un receptor (TRPV1). Si antagonizamos el receptor o impedimos su expresión desde el genoma el calor tolerable vuelve a ser tolerable. Conclusión: se abre una nueva vía para el descubrimiento de nuevos fármacos…
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Haciendo la vida imposible al ratón. Cárcel y tortura (predecible o impredecible). Podemos colgarlo del rabo, inclinar el suelo de la jaula, privarle de compañía, eliminar el olfato, inundar su casa salvo una pequeña plataforma central (como el tejado de una inundación humana real). En esas condiciones podemos aplicar también los estímulos, medir “moléculas del dolor”, bloquear genes, antagonizar receptores o neurotransmisores… hacer Ciencia, en definitiva. Método empírico. Todas las garantías.
¿Cuáles son las implicaciones al equivalente en humanos de estos modelos ratoniles?
Veamos:
“Genes del dolor”, enfermedades misteriosas en las que sabemos que se producen aumentos y descensos de “moléculas del dolor”, estrés, depresión…
Lógicamente no disponemos todavía de ingeniería genética.
Las enfermedades misteriosas sólo nos permiten el alivio a base de neutralizar “moléculas malas” y aportar “buenas”.
Hay que eliminar el estrés y recuperar el ánimo. Psicólogo, ansiolíticos, antidepresivos, neuromoduladores…
Tenemos acotado el terreno (los genes y cómo nos va la vida). Nos faltaría el equivalente al estímulo prenocivo (mecánico, térmico, químico…) del laboratorio. Para gustos:
Cualquier estado o agente que consideremos suficiente para cumplir con un axioma necesario del dolor: si duele aquí y ahora tiene que haber o haber habido algo aquí. La sensibilización central siempre proviene de un suceso nocivo desencadenante. Si duele la cabeza… en la cabeza tenemos que encontrar algo: una contractura muscular pericraneal, una inflamación, una presión…
No necesariamente. El dolor puede ser referido. En cuestiones internas la red neuronal no precisa el lugar: proyecta el dolor sobre una región en la que posiblemente haya un punto desencadenante, gatillo. Podemos buscarlo y encontrarlo. Puede ser la articulación témporomandibular, la pared interna de la órbita (polea de reflexión del músculo oblicuo superior) o el cuello. Podemos reproducir el dolor real del paciente presionando sobre ese punto gatillo. Podemos neutralizar ese punto, quitarle su propiedad gatillo, con manipulaciones, punciones, bótox…
– Estoy mejor.
¿Conclusión?
La investigación sobre sensibilización central resumida en el artículo de PAIN (IASP), objeto de la entrada de ayer trata de extraer “implicaciones en el diagnóstico y tratamiento”. Conocemos algo mejor las diversas formas de alodinia (térmica, punctata, tactil dinámica) la ubicación del wind-up, la sensibilización homosináptica y heterosináptica, la responsabilidad de las fibras C, las A delta y las A beta. Todo esto está bien. ¿Qué nos permite? Teóricamente diseñar fármacos que bloqueen mediadores moleculares específicos en cada caso. ¿Los tenemos? No. ¿Los tendremos en el futuro? ????????????
De momento sabemos que los ratones manipulados genéticamente, obligados a vivir en condiciones infraratoniles, retiran antes la pata de una plancha cada vez más caliente y que la administración del antagonista específico del agonista objeto de estudio hace que la pata del ratón tarde en retirarse el mismo tiempo que la pata de un ratón (enjaulado) “normal”.
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