La toma de La Pastilla

– Duele. ¿La tomo, no la tomo? Voy a pensar que no está pasando nada. Imagino que es todo normal…
– Cada vez duele más. Esto no funciona. Voy a tener que tomar La Pastilla… pero dicen que no tengo que hacerlo… aunque otros doctores dicen lo contrario… que hay que tomar el calmante al primer síntoma…
– Al final tuve que tomarla…
La Pastilla está sacralizada. Una humilde molécula, con poderes químicos muy limitados, se convierte en el centro de atención, en el protagonista principal y exclusivo del complejo proceso de la generación del dolor.
De nada vale considerar que, tal como ya proclamaron los padres de la concepción moderna del dolor, Melzack y Wall, este es algo más que una sensación molesta, mortificadora. Además está la relevancia que se le atribuye, su significado, un supuesto origen.
De nada vale considerar que en el aparente éxito de La Pastilla algo, bastante, mucho (si no todo) pinta el efecto placebo, las expectativas, condicionamientos y creencias anidadas en los sistemas de memoria sobre Pastillas…
De nada vale considerar que el apretón del dolor es el modo con el que el sistema de aversión-recompensa empuja a la angustiada voluntad del individuo a doblegarse y cumplir con la acción exigida: la toma de La Pastilla…
De nada vale que el pan para hoy es hambre para mañana, que el corto plazo complica el medio y largo…
De nada vale saber que todo fármaco es un tóxico potencial de cuyo consumo crónico pueden derivarse consecuencias serias para la salud…
Hay que tomar La Pastilla…
Los allegados, urgidos a evitar el sufrimiento de la víctima, animan:
– No seas tonta. ¡Tómate La Pastilla!
Muchos padecientes desearían no tener que tomar pastillas
¿Por qué?
Las respuestas varían:
– No me hacen nada
– No quiero acostumbrarme
– Pueden dañarme el estómago
El problema no es lo que el individuo quiera sino lo que el cerebro exija. El dolor no lo maneja el individuo. Se limita a recibirlo. Lo que el individuo puede controlar (al menos en parte) es la imaginación y la voluntad de seguir o dejar la tarea en curso y tomar o no tomar La Pastilla.
– ¿Qué hago, doctor?
– Lo que pueda. Es una decisión suya. Sólo puedo ayudarle a situarse con el conocimiento en lo que está pasando…
Hay padecientes antiPastilla que acaban sucumbiendo, al menos ocasionalmente. Es absolutamente comprensible. La apretura del dolor puede ser poderosa y no es fácil resistirse. Tampoco es fácil para los fumadores plantarse ante la presión de las ganas de encender otro cigarro.
El cerebro genera ganas diversas. Surgen de sus circuitos por estar así programado. Hambres de comida, de agua, de aire… de pastillas… de remedios… La gana de turno va in crescendo requisando al individuo, su voluntad, su atención…
Las ganas cerebrales, muchas veces innecesarias, perjudiciales, desaparecen cuando irrumpe una realidad amenazante.
¡Fuego!
Los programas cerebrales imaginativos se apagan para dedicar todos los recursos en salvar el pellejo… Se activa la analgesia, la anorexia y el desinterés sexual. Todo se esfuma. Sólo hay ganas de huir, correr…
Lo virtual ocupa la mayor parte de nuestro tiempo toda vez que hemos conseguido dominar lo real, convertirlo en una burbuja garantista.
La Pastilla forma parte de ese mundo virtual
En el mundo virtual caben los dolores y hambres más insoportables. La realidad no da para tanto.
En el daño real la química de los analgésicos tiene cierta eficacia sobre la química real del procesamiento de señales nociceptivas.
En el daño virtual, probabilístico, manda lo que se imagina en los circuitos, referio a daños, orígenes y remedios. No somos conscientes de ello. La imaginación está automatizada… pero es necesario ser conscientes, forzar nuestras convicciones, proyectarlas, actuar en consecuencia y conseguir imponer la racionalidad.
– Entonces… ¿me tomo La Pastilla?
– Es una decisión suya…
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