Percibir: una invitación a actuar

Todo invita a pensar que los procesos neuronales se ajustan al esquema básico de seleccionar una respuesta ante un estímulo después de analizar su relevancia. Estímulo, evaluación, respuesta. Percepción, cognición, acción. Realidad, evaluación, conducta.
Nuestras acciones derivarían (así parece) de una valoración del significado de los datos aportados continuamente por los sentidos.
No hay que fiarse siempre de las apariencias. Especialmente cuando anda por medio la realidad interna.
Realmente lo que percibimos es ya una respuesta, la conclusión de un proceso evaluativo que contempla datos sensoriales extraídos de la realidad físicoquímica de ese tiempoespacio junto a las reflexiones y cábalas probabilísticas que los sistemas de memoria aportan para darle significado y relevancia potenciales.
La secuencia real sería: estímulos-evaluación-respuesta perceptiva: proyección a la conciencia de la significación y relevancia que la red neuronal atribuye a cada instante y lugar.
Tendemos a organizar el conocimiento en esquemas que facilitan aparentemente su comprensión. Los esquemas de apariencia lógica esconden muchas veces un error de bulto. Este es el caso de la percepción. Parece que es un producto sensorial directo, más o menos retocado por las neuronas, consecuencia del impacto de la realidad sobre el organismo… pero no es así.
La percepción es una acción cerebral, una propuesta conductual con carga de motivación, de emoción, variable. El cerebro incita al individuo, le seduce, engatusa, intimida, angustia, promueve, remueve, acerca, aleja. La percepción es la encargada de pro-mover. Es una acción pre-motora, pro-motora.
El cerebro selecciona lo relevante y lo envasa en el formato perceptivo, resaltando lo considerado importante y reduciendo el resto a ruido de fondo.
La realidad y la virtualidad (realidad imaginada, anticipada, especulada, probable, posible…) generan estímulos que activan percepciones. Para el individuo lo percibido va a misa.
– Me duele aquí y ahora. No me invento el dolor. Está ahí.
Uno puede mentir y confesar un dolor inexistente pero no puede percibir un dolor inexistente. El ámbito perceptivo siempre es real… como universo perceptivo. Vemos lo que vemos, oimos lo que oimos y padecemos el dolor que padecemos, aquello que la red neuronal proyecta en ese momento en la pantalla de la conciencia. Tenemos la certeza de la proyección pero ello no conlleva la certeza de lo que realmente sucede.
La percepción es creativa. No necesita estímulos segregados por el mundo real y captados por los sentidos. Puede bastar la realidad imaginada, temida, deseada, para construir visiones, audiciones y sufrimiento.
El individuo no controla el contenido perceptivo. Se limita a responder, actuar, a veces en la dirección propuesta por lo percibido y otras en la contraria.
El picor es una percepción que contiene la propuesta premotora, promotora del rascado. El individuo puede rascarse o no. El pulso entre ¡ráscate! y ¡no me da la gana! produce resultados variables.
La función biológica (evolutiva) del rascado es la de eliminar parásitos y tóxicos químicos de la piel. Eso era antes, en la época de los parásitos y el contacto cutáneo con la química aversiva de los vegetales. Probablemente hay más picor ahora que en los tiempos de los parásitos reales. Podemos controlar los reales pero el programa biológico del rascado sigue ahí y a falta de parásitos reales pone en danza a los virtuales o impone su derecho a existir, a salir a la superficie de la conciencia.
Lo que percibimos es lo que el cerebro quisiera que hiciéramos. Tenemos dos opciones: obedecer o rebelarnos. No es fácil decidir pero es bueno saber que la percepción no es más que eso…
Una propuesta conductual a veces razonable y otras absolutamente irracional
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