Acervo científico del dolor

Un acervo es el conjunto de bienes, materiales o inmateriales, disponible en una comunidad de individuos. Hay acervos referidos a muchas cuestiones y hay, también, muchos tipos de colectivos.
La Ciencia tiene su acervo, su conjunto de conocimientos adquiridos y contrastados a través del método científico. Son conocimientos fiables, puestos a prueba una y mil veces antes de recibir la etiqueta de validación.
El dolor tiene su acervo científico, su conjunto de conocimientos fiables, demostrados.
El acervo científico permite saber si lo que se sostiene es cierto o no lo es. En muchas ocasiones la mayor fiabilidad se da en el acervo negativo: el conjunto de afirmaciones que sabemos no son ciertas.
En torno al dolor hay muchos colectivos, y, por tanto muchos acervos. Hay colectivos profesionales que sostienen y comparten doctrinas variadas y contradictorias sobre origen y remedios del dolor con sus correspondientes colectivos de padecientes que las alimentan.
El padeciente tiene puesto el punto de mira en el alivio del sufrimiento y no hace demasiados ascos a la afiliación. Si le funciona la homeopatía se integrará en el colectivo de creyentes en ella. Si una intervención en Suiza pone fin o alivio al sufrimiento defenderá el acierto de la (generosa) inversión.
La mayoría de acervos doctrinales pretenden la etiqueta científica. Lo que se propone se muestra como bendecido por algún tipo de científicos o expertos. Hay excepciones. Determinados individuos no necesitan la bendición de la Ciencia. Se autoproclaman tocados por alguna iluminación o poder y se dicen capaces de explicar y remediar todo tipo de males viendo lo que nadie ve y moviendo lo que nadie puede mover. Hay un acervo cultural curanderil con su correspondiente colectivo de creyentes que lo sostiene. Funciona. Eso basta.
¿Qué es Ciencia y qué no lo es en el mundo del dolor? ¿Cuál es nuestro acervo científico? ¿qué podemos dar como cierto y, sobre todo, qué podemos dar por falso?
La Ciencia del dolor es demasiado joven. Anda en sus comienzos. Tambalea. Se teje y desteje. Probablemente sólo sabemos que no sabemos gran cosa pero hemos aprendido mucho sobre lo que se dice y sabemos que mucho de ello es falso.
Sabemos que el dolor no se segrega en los tejidos. Sabemos que no existen receptores de dolor ni vías de transmisión del dolor. Sabemos que el dolor es una percepción compleja proyectada desde la activación sincronizada de múltiples áreas cerebrales y sabemos que ello es el resultado de una evaluación de amenaza.
Sabemos que la conectividad neuronal está abierta a la interacción del individuo con el entorno y que ese entorno contiene información, cultura.
La conectividad aspira a formar parte de la conciencia, de lo juzgado como relevante en cada momento y lugar pero la relevancia está muy disputada. La competición de los circuitos de la amenaza por salir en portada perceptiva está movida por las propuestas de las doctrinas que operan en el mercado de explicaciones y remedios.
La oferta de la Ciencia del dolor aún no está en el mercado. No cotiza. Suena extraña, contraria a lo que habitualmente se predica.
El acervo científico del dolor es modesto como lo es el colectivo de quienes lo sostienen. Todo se andará. Las cosas de palacio van despacio… y las de la Ciencia también por más que se nos hable todos los días de supuestos espectaculares avances…
”… se pagan mutua pena y retribución por su injusticia según la disposición del tiempo” (Anaximandro)…
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