¿Por qué la cabeza?

William Calvin
Sostienen los neurólogos que la migraña es cosa de genes. Para ellos un cerebro migrañoso es un cerebro enfermo, condenado a activar programas defensivos (dolor, intolerancia sensorial y cierre-limpieza digestiva) espontáneamente o por acción (?) de una extensa lista de “desencadenantes”.
Hace ya unos cuantos miles de años había ciudadanos con cerebros migrañosos. Lo sabemos a ciencia-historia probable. Aun cuando a los productos de la selección natural no podemos exigir siempre acierto (no todo lo que existe es ventajoso ni óptimo) no se entiende bien esta chapuza biológica de la migraña.
Una de las perplejidades que plantea la chapuza migrañosa es que sólo se hayan seleccionado genes estúpidos para la cabeza y no para cualquier otra región corporal.
La afirmación solemne de que la migraña es cosa de genes contiene implícitamente la necesidad de algún componente molecular, proteico, algún canal de membrana, algún receptor que, por exceso o por defecto, confiera, en exclusiva, a algunas neuronas que sólo trabajan en o para la cabeza, esa propiedad hiperexcitable anómala que se da, según los neurólogos, en el despropósito de los encendidos de las crisis.
Se buscan con ahinco los genes migrañosos pero hay menos empeño investigador en dar con los receptores, las proteínas responsables. Lo poco investigado no encuentra ninguna diferencia entre las biomoléculas de las meninges y vasos a cargo del trigémino y las vigiladas y defendidas por raíces somáticas. Debería haber, por mandato genético, la misma incidencia de crisis de dolor en cualquier lugar del cuerpo: la cabeza, las tripas, un brazo, una pierna… pero no es así… salvo en los niños.
En la infancia se producen episodios de dolor recurrente en abdomen, un brazo, una pierna… y la cabeza. El niño puede empezar a quejarse de las tripas durante una época para trasladar su cuita a un brazo y más tarde a una pierna y finalmente a la cabeza. Puede que sea obra de los genes de la migraña que andan algo desorientados encontrando su diana y dan la lata en lugares equivocados hasta que encuentran su verdadero destino: la cabeza.
El cerebro de los mamíferos, al igual que el sistema inmune de los vertebrados, es, en terminología del neurobiólogo William Calvin, una “máquina de Darwin”. El conocimiento genético se construye y apila en el genoma con mucha lentitud en los organismos pluricelulares. El entorno varía constantemente y la pesada máquina evolutiva de los genes no puede seleccionar y replicar todas y cada una de las variaciones genéticas que resuelven cada uno de los retos de lo novedoso del medio. Entonces aparece el truco evolutivo: el genoma produce un número desorbitado de posibles soluciones, una gama casi infinita de propuestas y la interacción de esas propuestas con las novedades va seleccionando por ensayo-error las que prestan servicio o son irrelevantes.
Miles de millones de clones de linfocitos y un número aún más desorbitante de conexiones neuronales son servidas por el genoma para ser puestas a prueba. La máquina de Darwin inmune y neuronal propone diversidad para interactuar con el entorno. Sólo se seleccionará aquella variante que ha demostrado tener alguna utilidad con lo que se cuece fuera.
Las propuestas de conectividad neuronal de la máquina de Darwin se encontrarán con el universo real de la materia y la energía pero también con las de la información.
La función espejo de la red no puede evitar el ensayo de copiar-imitar y evaluar el resultado. Los circuitos tienen que seleccionar la conectividad más fiable, más productiva. El ensayo-error guía el proceso. No habría mayor problema (salvo el de los errores letales) si no existieran además los instructores. La máquina de Darwin neuronal contiene en el caso del Homo sapiens (ma non troppo) la contingencia obligada del señalamiento de los “ilustrados-iluminados”, los que saben dónde se esconde el bien y el mal.
El cerebro humano despliega el proceso de selección de la conectividad neuronal bajo la tutela de la instrucción. La conectividad del miedo al daño se situará allí donde la cultura lo indique. El período de exploración, de ensayo-error, de la infancia, acaba centrando con preferencia la vigilancia en la cabeza, paradójicamente el lugar más protegido del organismo. Puede que sea así por tratarse de un lugar privilegiado, importante o porque allí situamos vivencialmente el YO, asientan los sentidos (vista, oído, olfato y gusto), el pensamiento y la voluntad.
El darwinismo inmune y neuronal acaban resultando chapuceros, no por culpa de la máquina de Darwin sino por la influencia de la cultura en el proceso. La selección de linfocitos y conexiones relevantes e irrelevantes está poderosamente influída por los cambios que la cultura genera en el medio, sustituyendo las variables naturales por un entorno artificial, a medida de deseos y temores.
¿Por qué la cabeza? ¿por qué el cuello? ¿por qué los músculos?
¿Selección natural? ¿Selección cultural?