Dolor y analgesia

Se supone que el dolor tiene un sentido, un proceso que lo origina. Estamos instruidos en interpretar que ese proceso generador se da allí donde duele, por obra de alguna perturbación local. En el dolor “músculoesquelético” la condición anómala se daría en músculos “contracturados-sobrecargados”, en articulaciones con superficies deslustradas, en nervios “pinzados”. La carga mecánica y la sobrecarga muscular harían rezumar moléculas dolientes e inflamantes de los tejidos en apuros. Podríamos aliviar las cargas, (higiene postural y del movimiento, bastones), fortalecer los corsés musculares, relajar el músculo contracturado (masaje, relajación psicológica), evitar acciones repetitivas microtraumáticas… Además podríamos neutralizar las moléculas dolientes-inflamantes con fármacos analgésico-antinflamatorios, relajadores de músculos, o eliminarlas manualmente.
Si después de todo ello el dolor amaina quiere decirse que hemos mejorado la condición local. Los tejidos lo agradecen. Rezuman menos química doliente, hay menos inflamación, menos pinzamientos, menos roces, menos nudos en músculo, menos estrés…
Al dolor se le atribuye una condición patológica en sí mismo. Es como un mal bicho, un germen nocivo que debe eliminarse para bien de los tejidos en los que reside. Una acción analgésica es siempre beneficiosa dado que se ha reducido la dosis del agente patógeno, el dolor. Los tejidos respiran al verse libres de esa sopa doliente-inflamante, los músculos se relajan al sentirse indoloros. Las articulaciones ya no chirrian. El analgésico es un lubricante, un aceite. Los nervios pinzados están menos pinzados. El analgésico ha liberado la acción pinzante del dolor.
El dolor tiene una función disuasoria: “no te muevas, no te sientes, no estés quieto, no te tumbes”… Si eliminamos el dolor recuperamos libertad: podemos andar, sentarnos, descansar… al menos mientras persiste la acción terapéutica analgésica-liberadora.
Lo ideal sería disponer de analgesia a demanda para eliminar el dolor cuando y donde uno quisiera. Dicen los de la OMS y algunos neurocientíficos autocomplacidos que disponemos de esa bicoca. El que tiene dolor, hoy en día, es porque no le atiende el profesional adecuado o porque su conciencia judeocristiana le obliga a sublimarlo.
Lo cierto es que son legión los doloridos por más que se gasten la pasta en propuestas analgesizantes. Los fármacos antisopa doliente-inflamante, los masajes, la piscina, la musculación, la higiene postural, la eliminación de cargas… no siempre basta.
Puede que, además de la acción local sobre los tejidos rezumantes del dolor haya que hacer algo también con el individuo, con su cerebro. Allá en la sesera está el centro del dolor, la oficina a la que llegan las señales de dolor, la información de que las cervicales, sus músculos y nervios están liberando dolor. El centro del dolor es a veces sensiblero, catastrofista, amplificador, exagerado, pusilánime, quejica. No hay problema. Disponemos, hoy en día, de fármacos y psicoterapias para recuperar ánimos y para reducir el volumen del amplificador cerebral. Más serotonina, más adrenalina y más sordina neuronal. Antidpresivos, ansiolíticos, neuromoduladores, antiepilépticos. Animo y sosiego.
A pesar de todos los esfuerzos profesionales hay quien sigue diciendo que le duele todo y siempre. Estamos ante un individuo sospechoso. No puede ser tanto dolor con todo lo que hemos hecho. Es el individuo lo que falla. El dolor no es real sino imaginario, psicológico… El dolor ya no surge de los tejidos sino de la voluntad del que dice estar dolido con el objeto de sacarle partido o de conflictos pasados mal gestionados que se expresan a través de los circuitos del dolor. A veces se escribe con renglones torcidos…
Quedaría una última opción. El dolor siempre expresaría una valoración cerebral de amenaza y, en muchas ocasiones, esa valoración sería errónea, alarmista. Puede que, simplemente, el cerebro viera peligro donde no hay… Bastaría con eliminar el error evaluativo para que el dolor innecesario, mortificador, se desactivara…
¿Dolor y cerebro evaluativo?
¿De qué me habla?
Lo único que sucede con el cerebro y el dolor es que se atrofia si no lo eliminamos. El cerebro no genera el dolor, lo padece.
Eso dicen y seguirán diciendo por mucho tiempo…
No haga caso. Todos los dolores provienen del cerebro. Allí se decide cuándo, dónde, cuánto duele. A veces mandan los hechos, la destrucción violenta de tejido, la sobrecarga, el acercarse peligrosamente a los límites. Otras veces mandan los miedos. Al cerebro se le dan bien.
Relaje su cerebro. Cambie su tendencia a ver peligro en todo lo que el individuo quiere hacer…
– ¡Qué cosas dice, doctor!,
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