La decisión de doler

El dolor es la expresión perceptiva de una valoración de amenaza a la integridad de los tejidos por parte del cerebro. Una red compleja de módulos cerebrales interconectados (“matriz del dolor”) integra sus memorias y aplica sus predicciones a cada momento, lugar y circunstancia.
La “matriz del dolor” recibe datos en tiempo real de lo que está sucediendo en el organismo, datos que llegan al tálamo, la puerta de entrada sensorial a las áreas de procesamiento. El tálamo filtra los flujos sensoriales, bloquea su tráfico o lo facilita, distribuyéndolo a las distintas áreas e integrando las evaluaciones en un incesante y bullicioso debate.
Gran parte del debate córticotalámico es imaginativo, probabilístico. Los sucesos de daño en los tejidos son, generalmente, puntuales y autolimitados y el dolor se activa más bien por la carga de las evaluaciones probabilísticas que por los flujos de señal nociceptiva (daño actual en los tejidos).
Si el individuo imagina dolor o se provoca experimentalmente la expectativa de que aparezca, se activa la “neuromatriz del dolor” sin que el individuo lo perciba. Imaginar que duele no genera dolor e imaginar que no está doliendo cuando duele tampoco lo elimina. La imaginación se limita a facilitar la preparación del programa, disponerlo. Sucede lo mismo con la imaginación del movimiento. Imaginar acciones activa las áreas motoras que las ejecutan.
Los programas motores, perceptivos y emocionales, activados por la representación imaginada, necesitan mayor fuerza de excitación para generar acción, percepción y afecto. La ejecución de esos programas, es una toma de decisión que atribuye a lo imaginado una carga de probabilidad que desborda el terreno del universo imaginativo e invade el ámbito de lo real.
Puedo imaginar que compro un décimo de lotería y que me va a tocar pero el debate interno se inclinará hacia la decisión de comprarlo o no. Todo está preparado para decir: “dame un décimo”. El programa motor está en “la punta de la lengua”.
El ámbito de lo imaginado, la disposición a sentir y actuar fluctúa respecto a contenidos y evaluación de probabilidades. El debate subconsciente viene y va. En cualquier momento supera el umbral de relevancia y se proyecta a la conciencia la percepción de dolor o se consolida como acción ejecutada, decidida.
El cerebro no pasa a la conciencia del individuo todo el proceso evaluativo, probabilístico. El ronroneo mental accesible al individuo es una pequeña parte, seleccionada, del complicado e incesante trabajo de análisis córticotalámico.
– Me está empezando a doler…
– Voy a encender un cigarro…
– Voy a tomar el calmante…
El “sistema de recompensa” inyecta motivación, ganas, hacia una conducta previamente seleccionada. La dopamina aviva la fuerza de la conectividad especulativa, imaginada y precipita la decisión de convertir lo pensado en una decisión de ejecutarlo.
El individuo no participa en la “decisión de doler” pero puede proyectar la convicción de que nada sucede ni va a suceder. No sirve de nada pronunciar palabras: “voy a pensar que no tengo nada” que, en el fondo no se creen. Mandan las convicciones no los rezos.
En cada episodio de dolor, en ausencia de daño relevante, se libra un debate probabilístico sobre daño imaginado. Generalmente los contenidos están automatizados y son predecibles. El cerebro y el individuo se repiten invariablemente las mismas reflexiones. El proceso se estaciona, se cronifica. Sólo la novedad puede sacar la aguja del disco rallado.
– Si no tomo la pastilla el dolor no cede
El circuito evaluativo está esperando la ejecución de la acción terapéutica…
– Si no enciendo el cigarro las ganas de fumar van a más
El sistema de recompensa aprieta las tuercas de la espera angustiada a la acción liberadora del cigarrillo…
Nos dicen que hay una química del dolor y una química de la analgesia. Evidentemente hay química en todo pero el dolor no es, en ausencia de daño, algo que podamos resolver con una simple molécula a no ser que esa molécula apague la conciencia (anestesia general).
El dolor surge de la entraña de un proceso evaluativo alimentado muchas veces por información alarmista, errónea. Podemos intervenir sobre ese proceso con pedagogía, aportando conocimiento. Las decisiones necesariamente se verán influidas por esos nuevos flujos evaluativos y muchos estados imaginativos de antaño habrán perdido la fuerza necesaria para encender o mantener en la conciencia la percepción de dolor.
El sistema de recompensa está fuertemente condicionado en nuestra especie por la imitación y la instrucción (adoctrinamiento).
El dolor, en ausencia de daño, desvela un estado de dependencia de la cultura evaluativa del dolor.
Atendí a una paciente migrañosa y utilicé en las explicaciones el concepto de colonización cultural cerebral.
Le veo con frecuencia por el Hospital…
– ¿Cómo vas?
– Bien. Ya no tengo colonizaciones…
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