Y el dolor se hizo crónico

Crónico. Terrible palabra. Condena. Indefensión. Desesperanza. Invalidez. Incomprensión. Impotencia.
¿Qué hay tras la cronicidad?
¿Por qué el dolor agudo, justificado cuando apareció acoplado a una lesión, no desaparece si ya la lesión ha sido reparada, enfriada?
Desde la doctrina (errónea pero vigente) de que el dolor surge allí donde lo sentimos, en tejidos de algún modo necesariamente mortificados, la cronificación sólo puede entenderse por la existencia de un resto de daño que sigue manteniendo activa la secreción de dolor. En ausencia de dicho foco, sólo queda una posible hipótesis: los “factores psicológicos” (depresión, catastrofismo, sensiblería, rentismo…) y un confuso terreno psiconeuroinmunoendocrinológico favorable. Perdón, por supuesto, también los genes…
La moderna investigación sobre neuronas y dolor ha demostrado que no es necesaria ni suficiente la existencia de un supuesto foco de lesión persistente allí donde duele. Se ha visto que en los centros neuronales que procesan las señales de los tejidos el procesamiento se realiza de un modo hipersensible. Basta un estímulo táctil o de presión suave para que las señales generadas induzcan en esos centros hipersensibles una respuesta inadecuada, como si hubiéramos aplicado estímulos realmente nocivos. Ello hace que al cerebro de la consciencia le llegue información exagerada, falsa. La doctrina (errónea pero vigente) atribuye al cerebro un papel pasivo. Se limita a recibir los dolores y a amplificarlos o atenuarlos según las circunstancias. Sigue considerando que el problema brota y se organiza en el “foco de dolor”. El cerebro recibe mala información: señales de daño sin que haya daño o, influido por daños pasados, está enredado en un procesamiento anormal de las señales somáticas cotidianas, normales.
Al cerebro del dolor crónico le han encontrado ya varias singularidades tanto en neuroimagen como en registro de potenciales o cuantificación de neurotransmisores. El cerebro del dolor crónico no es normal. Se entiende que esas anormalidades son consecuencia del impacto continuado del dolor. El dolor acaba dañando el cerebro. Es necesario, por tanto, ganar la batalla de la analgesia con nuevos fármacos. De otro modo se pierde materia gris frontal y engordan las amigdalas.
El dolor crónico, se dice, es una enfermedad y se combate, lógicamente, con analgesia. El dolor crónico lumbar surge de una columna degenerada pero acaba degenerando el cerebro.
El dolor, sostenemos algunos, es la consecuencia de una valoración de amenaza (acertada o errónea) por parte del cerebro. El dolor crónico, seguimos sosteniendo algunos, es la consecuencia de una valoración errónea crónica de amenaza. Es un error crónico no detectado como error y que se alimenta a sí mismo. Si no se disuelve el error no conseguiremos la analgesia.
Los padecientes piensan que si algo o alguien les quitara el dolor se sentirían razonablemente sanos. Es complicado hacerles ver que no se sentirán bien (sin dolor) si no conquistan previamente la convicción de salud.
– Su organismo está razonablemente sano pero está gestionado por un cerebro equivocado… Se ha cronificado el error…
– Quíteme el dolor y me convenceré…
– Convénzase y se irá el dolor.
El dolor es una consecuencia, para unos de un foco activo de daño… para otros de un cerebro enfermo… para otros de un cerebro equivocado… Para algunos el dolor sigue siendo una causa, algo que surge previo al cerebro. En todo caso el cerebro tiene la enfermedad de amplificarlo pero nunca de generarlo. El cerebro es víctima, como lo es el individuo que es quien lo siente y padece.
Los padecientes crónicos reciben aninflamatorios aunque no haya inflamación, opiáceos aun cuando no haya consenso sobre su indicación, antidepresivos y antiepilépticos. No se consigue con ello gran cosa en analgesia.
– Tiene usted dolor crónico. Considérese un enfermo. Sobrellévelo. Asúmalo.
Es el último gesto que cierra el círculo de la indefensión. La convicción certificada de enfermedad.
– El dolor ya ha dañado el cerebro. Ya nada podemos hacer… Mire: este es un cerebro normal. Compárelo con el de alguien con dolor crónico… por ejemplo, usted…
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