Mujer y dolor

Ser mujer conlleva un mayo riesgo de padecer dolor, especialmente si el dolor no está asociado a daño relevante en los tejidos.
En los últimos años, los estudios sobre diferencias en dolor referidas al género se han multiplicado. Esta es una revisión exhaustiva: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2677686/pdf/nihms98634.pdf.
¿Por qué hay más dolor en las mujeres?
Se admiten propuestas…
El primer problema se plantea cuando juzgamos sobre el origen del dolor. El bien o mal llamado “dolor músculoesquelético” ¿proviene de músculos y esqueletos o de un cerebro vigilante-catastrofista asesorado por profesionales que atribuyen excesiva responsabilidad a desgastes, protrusiones, pinzamientos, contracturas…?
¿Es el organismo femenino más vulnerable, menos resistente a las cargas mecánicas?
¿Tiene el organismo femenino más estrés mecánico y psicoafectivo por los roles atribuidos por la cultura?
¿Es el modo femenino de evaluar el origen del dolor más catastrofista?
¿Afronta la mujer el problema del dolor solicitando más ayuda analgésica?
¿Qué papel juegan las hormonas?
¿Cómo es juzgado por los profesionales el dolor femenino respecto al masculino?
Las preguntas podrían multiplicarse hasta el infinito a través de todas las combinaciones posibles de factores. Lo cierto es que tenemos un serio problema de alta incidencia de dolor local y generalizado en la mujer con el agravante de la compañía frecuente de un estado de ánimo bajo y cansancio.
El drama de la fibromialgia plantea muchos interrogantes sobre dolor y género. Abundan los trabajos que buscan (y encuentran) diferencias biológicas, influencias de factores hormonales, modos distintos de procesamiento cerebral. La biología existe. No cabe duda. Sin embargo se echan en falta las reflexiones culturales, el impacto del aprendizaje guiado por la copia-imitación-empatía y la información experta.
Se analiza exhaustivamente el organismo, sus genes y hormonas, su biografía, sus estreses psicofísicos. Es el individuo quien contrae una misteriosa enfermedad. No se considera la posibilidad, aunque sólo sea una alternativa hipotética de trabajo y reflexión, de que el organismo esté razonablemente sano pero esté gestionado por un cerebro equivocado. Si la pedagogía del dolor es manifiestamente mejorable puede que la vulnerabilidad femenina provenga, al menos en parte, de su disposición biológica y cultural a una mayor atención a la vigilancia y evitación del daño. La mujer solicita más atención diagnóstica y terapéutica y, por tanto, es más vulnerable a las expectativas y creencias sociales, profesionales, sobre daño y dolor.
La fibromialgia es la consecuencia de un cerebro sensibilizado. ¿Cómo se llega a la sensibilización? ¿Por bombardeo de señales de daño físico repetitivo a un cerebro emocionalmente sensible y depresivo o, además o preferentemente, por adoctrinamiento?
¿Necesitamos actualizar y divulgar la información sobre neurobiología del dolor? ¿Están las pacientes interesadas en esa pedagogía o recelan de ella?
El cerebro femenino proyecta más dolor sobre cabeza, “músculos”, “huesos”, “articulaciones”, “discos”, abdomen, boca. ¿Cuerpo real? ¿Cuerpo virtual?
Ser mujer, duele. Esa es la realidad.
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