Hablar con el cerebro

Hablamos con el cerebro continuamente, inevitablemente. Desde la consciencia proyectamos hacia nosotros mismos una valoración de lo que sentimos y pensamos.
– Hable con su cerebro. Proyecte la convicción confiada de que nada sucede donde él proyecta dolor, peligro…
A muchos pacientes esta propuesta les parece absurda, ridícula. Piensan que defendemos la idea de un hombrecillo interno.
– Ya le dije al cerebro que no me doliera pero…
La comunicación intracelular e intercelular es una condición necesaria para la vida. Sin información no hay vida. Hay diálogo entre los componentes intracelulares, entre el citoplasma y el núcleo, entre la célula y su entorno inmediato. Cada neurona habla consigo misma. Recoge multiples impactos de la realidad sobre los receptores de la membrana y genera una señal (potencial de acción) que integra todas las miniseñales de todos los puntos de contacto. A través del potencial de acción libera mensajeros químicos (neurotransmisores) que transmiten la información de esa neurona a otras pero también a sí misma. En función de lo que la neurona se dice a través de sus propios neurotransmisores cambia su estado de excitabilidad. La neurona es un individuo que habla consigo mismo además de con los vecinos y el conjunto del organismo.
A medida que se van procesando las señales en diversos centros, las decisiones generadas y expresadas en forma de potenciales de acción y neurotransmisores se produce el mismo diálogo de cada centro consigo mismo, con los vecinos y con el conjunto.
No tiene nada de particular que cuando el procesamiento cerebral proyecte sus resultados al ámbito misterioso de la consciencia se produzca la misma reentrada de información, el diálogo del cerebro consigo mismo a través del rebote desde la conciencia. El cerebro no se conoce a sí mismo como parte consciente hasta que recibe la información, la percatación de que sus procesamientos han generado unos determinados contenidos conscientes. En la percepcion visual cada centro cerebral procesa un aspecto de los objetos: la forma, la ubicación en el espacio, el color, el movimiento… Hasta que sale a la consciencia el resultado global, el qué es y dónde está el objeto, el cerebro no lo sabe. El cerebro de las formas sólo sabe que hay un objeto con unos bordes de contraste en una determinada dirección, el del movimiento, que ese algo se mueve rápidamente. El conjunto de esos procesamientos elementales produce al salir a la consciencia el informe: “coche” y ese resultado reentra en la red.
La consciencia (el YO consciente) es el nivel más complejo de procesamiento. Al igual que se produce un transvase desde el cerebro al individuo este puede disponerse en posición de atención y abrir los sentidos a la entrada de información que permita modificar las evaluaciones cerebrales.
El objeto de la pedagogía del dolor (know pain, no pain) es precisamente el de introducir en el diálogo cerebro-individuo material informativo que modifique las decisiones derivadas de ese diálogo.
No depende del individuo establecer o no el diálogo con el cerebro. Este existe siempre. Se trata de, dada su existencia, influir en su resultado, reinterpretar, reevaluar, hacer otro tipo de atribuciones, quitar y poner relevancias.
Hablar con el cerebro no consiste en verbalizar una especie de rezo, repetir frases mágicas, dar órdenes o suplicar. El individuo debe proyectar sus convicciones y defender su programa, no dejarse intimidar por la presión de las propuestas cerebrales de valorar amenaza.
– Dígale a su cerebro, cuando le proyecte dolor…
El dolor es una hipótesis en muchos casos, una especulación probabilística cerebral. El individuo debe saberlo con certeza y proyectar esa convicción.
Eso es todo.
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