La acción de percibir

Desde que se inician las primeras contracciones musculares en el embrión y ya en presencia de neuronas, estas se hacen con el control del movimiento, obligando a que los músculos se contraigan por su mandato. Cada sacudida muscular, cada patadita en el vientre materno, genera estímulos en piel, articulaciones, sensores de estiramiento muscular, tensión tendinosa. Los centros motores van elaborando programas que perfilan progresivamente acciones dirigidas a un propósito (caminar, succionar, bostezar, tragar, coger, mirar…). Cada acción incluye un registro anticipado de los efectos periféricos sensoriales que genera (copia eferente). El feto elabora así una representación de sí mismo, de sus decisiones musculares (agencia) y consecuencias predecibles. Aprende a reconocerse a sí mismo a través de las consecuencias sensoriales de lo que decide hacer (mover).
El incesante flujo de señales sensoriales generadas con el movimiento va siendo catalogado como corporalidad, tiempo-espacio propio insertado en el tiempo-espacio ajeno. Las acciones colisionan con los objetos externos y producen efectos de relevancia variable: apetitiva, aversiva o irrelevante.
El interior está lleno de objetos somáticos que interactuan entre sí con el movimiento. Corazón, pulmones, huesos, músculos, piel, articulaciones, son influidos por cada acción decidida. Los programas motores registran también las consecuencias somáticas internas de cada objetivo motor (aumento de la frecuencia cardíaca, excursión respiratoria, variables químicas…). Hay una copia eferente de consecuencias internas producidas.
El complejo mundo de consecuencias sensoriales generado con cada acción es filtrado. El individuo no lo percibe… en condiciones normales. No existe consciencia somática precisa de uno mismo. Sólo un sentimiento casi incorpóreo, imaginario. Si queremos percibirnos con más densidad, con más presencia, debemos hacer un esfuerzo de concentración, meditar.
Las acciones cotidianas, ordinarias, generadas por nuestra voluntad son silenciosas. No contienen sorpresa, novedad. Son irrelevantes por tener garantía de que nada importante sucede al latir el corazón, inflarse los pulmones, estirarse los músculos… No hay peligro de daño. El cuerpo navega por el mundo sin generar más percepción que la que deriva de hechos novedosos o relevantes, internos y/o externos.
Otra cosa es cuando sucede algo relevante, por ejemplo, un hecho nocivo. Las neuronas sensoras de daño (nociceptores) lo detectan y activan la alarma de la percepción dolorosa desde todas las zonas cerebrales implicadas en su génesis (neuromatriz del dolor).
No hace falta que suceda nada. Basta que el cerebro valore amenaza para que el filtro de estímulos irrelevantes se inactive. Todo puede ser importante. El dolor se proyecta desde el cerebro hacia la consciencia para implicar al individuo en la alerta. No hace falta que lleguen señales de daño. Basta la confluencia de las señales normales, cotidianas, con un circuito abierto, sensibilizado.
El mundo real relevante produce percepción consciente. El mundo imaginado relevante también puede hacerlo. Si lo imaginado tiene poca carga de probabilidad vivida, la percepción es tenue, vaporosa, evanescente. A medida que aumenta el miedo a que lo posible suceda va encendiéndose el escenario de la consciencia y proyectándose aquella percepción que surgiría si lo imaginado fuera real.
Percibir o no percibir es función de temer o no temer. Certeza de indemnidad o incertidumbre. Expectativas, creencias. El paso de sentir la normalidad, el silencio perceptivo, a percibir dolor se produce por una acción cerebral de atribuir a un momento, lugar y circunstancia la probabilidad de que algo nocivo suceda.
Expectativas y creencias, memorias de pasado-presente-futuro, hacen oscilar el umbral de lo que debe ser percibido o sólo imaginado.
El objetivo de la percepción es implicar al individuo en la evaluación temerosa del daño.
Una vez percatado de que algo está sucediendo, el individuo debe retroalimentar al organismo desde lo conocido respondiendo con una interpretación y una conducta acorde con lo que, realmente, está sucediendo.
Si no está sucediendo nada lo sensato y deseable es que el individuo des(a)precie la acción cerebral de (a)percibir, haga el corte de mangas y se centre en sus propósitos conscientes como individuo, tratando de que lo irracionalmente imaginado vuelva al estado preconsciente, imperceptible.
– Creo que el cerebro quiere que perciba su inquietud. Algo imagina. ¡Qué cruz!
Comienza la función…
– ¡Yo me largo!
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