No respire nunca hondo cuando esté mareado

– ¿Qué te pasa..? tienes mala cara… estás pálido…
– Estoy mareado
– Respira hondo…
No haga caso. Siempre es un mal consejo salvo en el caso improbable de que esté huyendo de algún peligro.
– Acelera la frecuencia cardíaca…
Tampoco haga caso. Es otro mal consejo salvo en el caso improbable de que esté huyendo de algún peligro.
– Toma agua con azúcar…
Tampoco. Mal consejo salvo en el caso improbable…
Hay veces que estamos mareados y algo interno nos pide que respiremos hondo. Sentimos hambre de aire. El organismo nos pide que metamos más oxígeno aun cuando en ese momento no lo necesitemos. Si midiéramos la concentración de los gases en sangre comprobaríamos que el oxígeno es más que suficiente pero el anhídrido carbónico está bajo. Estaríamos hiperventilados. Si hiciéramos caso al consejero el oxígeno se quedaría donde está y el anhídrido carbónico bajaría aún más.
En muchas ocasiones la percepción de mareo se asocia a una vivencia de amenaza, desasosiego… como si algo fuera a suceder. Peligro…
Cuando el organismo evalúa peligro activa la respuesta de huída. Para huir hace falta energía, es decir, oxígeno y glucosa. El programa de “lucha-huida” aumenta la respiración (hambre de aire), acelera el corazón, redistribuye la sangre (la retira, por ejemplo, de la piel… palidez), inyecta glucosa desde el hígado y proyecta a la conciencia esa sensación incómoda y apremiante de alejarse del escenario actual.
Cuando el cerebro activa un programa trata de que el individuo lo cumpla. Para eso están las percepciones somáticas: frío, calor, cansancio, inquietud motora, hambre de aire, hambre de comida, hambre de sal, sed, mareo… Forman parte de los programas.
El anhídrido carbónico se forma al quemar combustible (ejercicio) y debe eliminarse con la espiración pero dentro de unos límites ya que también cumple sus funciones. Entre otras cosas es un vasodilatador circulatorio cerebral. Si está muy bajo se produce una disminución de la presión intracraneal por reducción del volumen de sangre cerebral. Puede ser la puntilla para provocar el desmayo.
Las decisiones cerebrales de activar programas no siempre son razonables. Si el cerebro está equivocado hay que hacer lo contrario de lo que pide siempre que consigamos convencerle de su error.
– Estoy mareado
– Respira tranquilo. Deja aire para los demás. No lo necesitas. Tienes de sobra. Lo que necesitas no es oxígeno sino anhídrido carbónico. Respira en esta bolsa. No pasa nada…
Otra opción es la de ejecutar el programa y salir corriendo. La actividad física da sentido al programa. Se genera anhídrido carbónico y uno se encuentra mejor. También sucede cuando el cerebro activa el programa “come” y obedecemos. Se encuentra uno mejor pero probablemente sobran kilos y habría que desobedecer… por razones de peso.
Los recursos biológicos para sobrevivir evolucionaron en condiciones de amenaza real. Vivimos en entornos civilizados, seguros, pero el cerebro sigue respondiendo a las evaluaciones de peligro como si anduvieran cerca leones o manadas de sapiens competidores. Puede activar el programa cuando resulta más inoportuno, en una cafetería, en la Iglesia, justo cuando nuestro objetivo nos obliga a estar quietos.
No se está cómodo somáticamente cuando entre el cerebro y el individuo no hay coherencia de propósitos. Si uno quiere estar quieto y el cerebro pide huida no hay modo de encontrarse bien, asintomático.
La incoherencia cerebro-individuo o cerebro-realidad produce síntomas, síndromes. Luego vienen los profesionales a rematar las incoherencias poniendo etiquetas, juicios y remedios…
Proteja la racionalidad. No se deje llevar siempre por lo que el cuerpo le pide…
No respire nunca hondo si no hay leones cerca…
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