Percepción del movimiento

Aristóteles describió cinco sentidos (tacto, vista, oído, olfato, gusto). Ahí nos hemos quedado. Algunos han hablado de un confuso sexto sentido, aquél que nos permite detectar sucesos a base de corazonadas, intuiciones.
Realmente no tiene mucho sentido hablar de los sentidos. La realidad produce múltiples variables que pueden ser detectadas por sensores específicos. Los seres vivos disponen de una gama variable de ellos. Con los datos que obtienen y con su procesamiento memorizado consiguen hacerse con una idea de lo que sucede fuera y dentro.
Algo que existe ahí fuera y dentro es movimiento y la fuerza de la gravedad. Los objetos y los sujetos nos movemos en un campo gravitatorio. Nada permanece inmóvil. Los ojos no cesan de bailar en las órbitas por más que creamos tener la mirada fija, la cabeza, cuello, tronco… todas las articulaciones se mueven incesantemente. Los objetos externos también pueden moverse.
El movimiento propio y ajeno y su interacción genera una amplia gama de estímulos. La luz reflejada sobre los objetos estimula la retina generando información sobre su movimiento relativo al de la posición de los ojos (flujo óptico). Si miro hacia la derecha, el mundo se desplaza a la izquierda en la retina. Cada giro de la cabeza (aisladamente o como parte de todo el cuerpo) activa unos sensores de aceleración angular colocados en el oído interno, cada uno en una de las tres dimensiones euclidianas. Los desplazamientos lineales (atrás-adelante, arriba-abajo) son detectados por otras estructuras alojadas también en el oido interno. Cada músculo estirado por la gravedad o por el movimiento activa sensores de estiramiento que permiten conocer los desplazamientos y posiciones del cuerpo. Todo el organismo dispone de detectores de presión con una amplia gama de sensibilidad y habituación.
En definitiva, la red neuronal dispone de información compleja y confusa sobre lo que se mueve y está quieto y aprende con el tiempo a hacerse una idea probabilística sobre la que construye programas motores que nos permiten levantarnos, andar, girar, saltar, dar piruetas, coger objetos móviles, adivinar su posición en el espacio-tiempo… todo ello procurando el éxito en los propósitos y sin lesiones.
El individuo recibe una percepción estable de esa realidad espacial, propia y ajena, aun cuando no sea así. El cerebro nos engaña una vez más… por nuestro bien, para facilitar una navegación exitosa y segura.
Lo deseable es percibir la realidad de forma transparente, inexistente. Conseguir los objetivos sin ser conscientes de todas las variables móviles (visuales, mecánicas) que se producen en el intento. Girar la cabeza, incorporarnos y seguir percibiendo estables el mundo y nuestro cuerpo. Estar quietos de pie y sentir estabilidad a pesar de los miles de minidesplazamientos que se producen por segundo en ojos, cabeza, cuello…
El cerebro construye una hipótesis anticipada de las consecuencias sensoriales de las acciones programadas. Si hay giro visual a la derecha el mundo gira a la izquierda, etc. Si lo anticipado coincide con lo que sucede filtra los estímulos y nos proyecta estabilidad. Si hay alguna variable imprevista, interna o externa, hay un momento de duda. Centra la atención, analiza los nuevos datos y resetea todo el proceso.
En ocasiones la interpretación del movimiento es errónea. Nos levantamos en un espacio estable (la cama en la habitación) y el cerebro interpreta que se ha movido la habitación (vértigo). Arranca el tren que tenemos al lado y el cerebro proyecta el movimiento al nuestro, aun cuando esté parado (vértigo).
El movimiento genera siempre flujos de estímulos, ruido y señales. El cerebro filtra lo irrelevante, al igual que lo hace con la percepción visual, sonora, tactil, olfatoria… y ello nos permite centrar la atención en una conversación y no en el ruido ambiente.
Existe el “sentido del movimiento”. Genera constantemente estímulos internos y externos. Hay estímulos irrelevantes y relevantes. El cerebro selecciona las relevancias. Existen relevancias reales y relevancias teóricas, posibles pero no probables. Podemos caernos, perder el conocimiento, tener infartos, enfermar, morir… Muchas veces percibimos mareo, inestabilidad, sensación de estar flotando, fuera de la realidad. A veces al movernos. Otras al estar quietos. Ello nos obliga a no movernos o, lo contrario, huir, evitar el escenario de ese momento.
El mareo es objeto frecuente de consulta. Excepcionalmente es debido a enfermedad. Generalmente corresponde a un estado de incertidumbre cerebral sobre lo que pudiera suceder… Es una alerta sobre consecuencias negativas generadas en un campo gravitatorio al movernos o pensar hacerlo…
Las explicaciones sobre el mareo son más complicadas que las del dolor. Habitualmente los ciudadanos están instruidos a pensar que el mareo se produce por el oído, las cervicales, la tensión baja, el riego, los nervios… Nadie les ha hablado de neuronas, del “sentido del movimiento”.
– ¿Por qué me mareo?
Un médico de mi pueblo estaba siendo acosado insistentemente por esa temida pregunta por una paciente… Era por los sesenta…
– ¿Ve usted el telediario?
– Sí
– ¿Ve usted la tierra girando?
– Sí
– Bien… pues algunos se marean…
La desafortunada respuesta desenmascara la incapacidad para construir explicaciones breves, sencillas, correctas, sobre el mareo.
Me temo que haya liado más la cuestión con la entrada de hoy. Quédese con la idea de que el mareo, generalmente, indica un estado de alerta innecesario, sensible, sobre todo lo que sucede o puede suceder, referido a que nos movemos en un campo gravitatorio.
¿Qué podemos hacer?
Saber que es así, proyectar seguridad sobre nuestro cuerpo y centrarnos en el objetivo como personas desatendiendo las incertidumbres como organismo, estemos quietos o moviéndonos.
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