Que no recaiga...
Son días estos de expresarse buenos deseos. Cumpliendo con el tópico navideño me permito también formular el mío a los padecientes: ¡que no recaigan!, que no vuelvan a las andadas de los despropósitos cerebrales, a los dolores injustificados.
Por Navidad todo cambia, todo se remueve, las emociones se aflojan y liberan.
El cerebro también se deja influir por el ambiente y puede reavivar antiguos estados del pasado. Ya se ha dicho que en la red nunca se tira nada de lo aprendido. La navidad puede ser una buena ocasión para revisar el camarote y encontrar cachibaches nostálgicos.
Varios ex-padecientes se han visto sorprendidos por la reedición navideña de sus migrañas. Un clásico. Las transiciones agitan las aguas de la incertidumbre, inestabilizan la conectividad, replantean viejos y nuevos esquemas, reavivan dudas, reponen pasados.
Al cerebro no le gusta dar por zanjado definitivamente nada. Le gusta rememorar, reprocesar, reconsiderar, dar una oportunidad a cualquier propuesta. En Navidad se juega más al absurdo probabilístico de la lotería (del Estado). En Navidad somos algo más ilusos, más vulnerables. También el cerebro.
No es el champán, los atracones, los ruidos, las luces ni el ajetreo. Es la Navidad, el fin y comienzo de año… los Reyes, los reencuentros y desencuentros… la memoria del pasado y la del futuro…
La Navidad pasa y vuelve la no-Navidad. Si se ha colado de rondón una migraña inesperada, sorpresiva, no hay que venirse abajo. Era Navidad. Pronto vendrán los días no navideños, más razonables y sosegados.
Yo dejé de fumar una Navidad, hace ya más de diez años. Los propósitos infructuosos de librarme del absurdo tabaquil funcionaron un día de Año Nuevo. Me encontré con la grata sorpresa de que el tabaco me había dejado. Hasta hoy. El cerebro reconsideró pros y contras y decidió dejarme tranquilo, quitar gas al rito motor complejo de sacar un cigarro, encenderlo, aspirar el humo, echarlo, sacudir la ceniza…
Los hábitos son rituales motores sinsentido, acciones que el cerebro reclama sin que sepamos bien por qué. Las percepciones son, muchas veces, hábitos, propuestas de rituales motores complejos: suspender la actividad, meterse al cuarto oscuro, tomarse un analgésico, vomitar… Todo eso lo consigue el cerebro activando la alerta de nocividad en la cabeza. A eso los sapiens (m.n.t.) le llaman migraña. Dicen que los cerebros migrañosos contienen malos espíritus criados por malos genes que gustan de exigir el ritual motor migrañoso por cualquier banalidad. Dicen los neurólogos que deben atenderse los caprichos del cerebro migrañoso con prontitud para no desatar la cólera, la furia.
Navidad, Navidad, emotiva e impredecible Navidad.
A la lista creciente de desencadenantes habría que añadir la de la Navidad. Fines de semana, viajes… Navidad. Migraña navideña.
La migraña navideña se controlaría, según los neurólogos, evitando el desencadenante, la Navidad, pero no es posible. No queda más remedio que plantar cara al cerebro navideño y volverlo al estado razonable.
Ya queda poco. Pronto será no Navidad…
¡Que no recaiga!
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