La suerte

Tenemos suerte cuando nos sucede algo teóricamente posible pero altamente improbable.
Hay buena y mala suerte.
Siempre hay alguien tocado por la suerte y tenemos noticia de ello. Hoy sortean la lotería de Navidad. Ni a usted ni a mí nos va a tocar el Gordo pero nos bombardearán con reportajes de los afortunados abriendo botellas de champán. No es mi caso, pero muchos de ustedes habrán comprado algún décimo. Puede que incluso hayan hecho cola en algún acreditado establecimiento, convencidos de que en él la probabilidad es mayor que en un desierto bar contiguo en el que también tienen lotería.
La posibilidad teórica, aun cuando lleve aparejada una baja, muy baja probabilidad, mueve conductas… irracionales.
Con toda seguridad alguien tendrá hoy meningitis o una hemorragia meníngea. Resultará desgraciado en el sorteo pero previsiblemente no seremos ni usted ni yo aun cuando no sería extraño que alguno de ustedes tuviera una crisis migrañosa., una alerta ante la posibilidad de que, realmente, sucediera lo temido.
El cerebro no puede sustraerse al mandato de la posibilidad improbable y presiona al individuo a comprar décimos o meterse al cuarto oscuro, vomitar y tomarse un “calmante”. Le puede la ilusión del premio y el miedo al castigo letal (muerte violenta celular, necrosis).
– ¿Y si toca, qué? Deme también un décimo a mí…
Con toda seguridad hoy habrá víctimas mortales en la carretera pero probablemente no seremos ni usted ni yo una de ellas.
Imagine un coche emocional, capaz de atribuir relevancias posibles (probables o improbables) a cada desplazamiento. El miedo al accidente podría activar un dispositivo disuasorio que forzaría al usuario (no me atrevo a llamarle conductor) a suspender el viaje… Digamos que el usuario sufriría una migraña “vehicular”, desencadenada por su intención de ir a trabajar o de vacaciones. Sería un coche genéticamente “hiperexcitable”, incapaz de contener sus miedos letales…
El coche emocional dispondría de sistemas de memoria que graban accidentes propios y ajenos y procesaría información de expertos en accidentes que atribuyen probabilidades de colisión a mil y un desencadenantes (cambios de tiempo, estados hormonales, estrés del usuario (no me atrevo a llamarle conductor), deseo de viajar, alimentación…
Realmente al coche emocional lo que le preocupa es su propia integridad, no los planes del usuario… por muy importantes que puedan ser…
El cerebro es una estructura emocional. Atribuye relevancias a estados y agentes, lugares, momentos y circunstancias. Genera ilusiones y temores. Imagina y a veces su imaginación proyecta percepciones que contienen sueños, pesadillas, manteniendo despierto al individuo o mientras duerme…
La ilusión del Gordo se resuelve dejando de comprar décimos…
Las ganas de fumar se eliminan radicalmente dejando de encender cigarros…
Las crisis de migraña se resuelven eliminando todos los rituales de evitación del dolor, incluidos los fármacos.
– Siempre compro algún décimo. Lo normal…
– Después de comer me gusta encender un cigarrillo…
– Algún día me duele la cabeza… lo normal… me tomo un calmante y se me pasa…
Que tengamos la Navidad que nos merecemos. Probablemente no hemos hecho lo suficiente para que nos toque el Gordo ni para que el cerebro active las alarmas meníngeas…
Conformémonos con lo normal, lo razonable, lo previsible.
¡Déjese de décimos, cigarros y calmantes!
¡Razonable Navidad!
Comentarios (18)
Los comentarios están cerrados.