Habituación
Casi nada de lo que sucede es relevante. La red de sensores del organismo detecta todo tipo de estímulos pero sólo una pequeña proporción de ellos son considerados como significativos y acaban activando percepción consciente.
Siempre es relevante la novedad… hasta que no se demuestre lo contrario. Los estímulos imprevistos justifican el enfoque atencional, la mirada, la escucha, la palpación por si contienen significado, aportan algo atractivo o peligroso.
También es relevante la variación en la intensidad de lo mismo.
La red neuronal está atenta a las variaciones, las considera, a la vez que se desentiende de todo lo monótono. Segrega la señal novedosa del fondo ruidoso de lo conocido y etiquetado de irrelevante, indiferente
Los sensores de las neuronas dejan de generar señal ante la persistencia de un estímulo aburrido, sin novedad, variación… ni relevancia (efecto detectable). Los sensores se habitúan, se aburren, se duermen.
La habituación es un mecanismo neuronal básico. Permite evitar despilfarro atencional y energético.
Hay habituación sensorial, periférica. Dejamos de oler, oir algo al permanecer estáticos en el mismo ambiente.
También hay habituación cognitiva. Desconectamos de ideas evaluadas como irrelevantes, conocidas, repetitivas. Oimos y vemos sin escuchar ni mirar.
Las ideas novedosas, disonantes, merecen la atención y la respuesta. Pueden abrirnos la escucha y la mirada o todo lo contrario, provocar el rechazo activo o habituarnos a ellas, convertirlas en ruido indiferente.
El problema surge cuando los estímulos relevantes coinciden en tiempo-espacio con otros irrelevantes. Las neuronas los asocian, ven complicidad, relación y clasifican lo previo y próximo irrelevante como relevante por el simple hecho de la coincidencia. El estímulo banal que, por azar o necesidad, actúa un poco antes que el relevante carga con el sanbenito de la responsabilidad. Eso explica por qué los perros de Paulov salivan cuando han oido una campana (estímulo irrelevante) que indica que se acerca la comida (estímulo relevante). De este modo, la irrelevancia adquiere notoriedad por el simple hecho de acoplarse a lo significativo.
Los sistemas de memoria guardan en sus catálogos mucha irrelevancia etiquetada de relevancia prestada. Todo es significativo hasta que no se muestre o demuestre lo contrario. Todos los estímulos, todas las ideas deben ser contempladas. Todo puede ser válido. ¡Quién sabe!
La relevancia la atribuye la realidad, el efecto detectable, positivo o negativo, o lo que se piensa de ella. Una creencia firme produce el mismo efecto que una realidad operativa. Las creencias convierten para bien y para mal los estímulos irrelevantes en relevantes.
Es bueno para el perro saber que la campana anuncia comida. La campana goza de la acreditación robada de un buen estímulo salivatorio pero no es cierto. Si dejamos de traer comida las glándulas salivares dejan de salivar con su sonido. Las neuronas lo devuelven al fondo ruidoso de lo irrelevante. Se habitúan.
Las creencias mantienen inamovible la relevancia de lo irrelevante por un mecanismo conocido como esperanza. Hace que la campana siga provocando la salivación aun en ausencia continuada de comida.
El cerebro de los sapiens puede estirar hasta el infinito el tiempo hábil para que aparezcan los efectos. Probablemente ello nos ha ayudado a sobrevivir a golpe de esperar tozudamente en que algo relevante, al fin, aparezca pero también puede condenarmos a la dependencia estéril y desesperante de lo irrelevante.
Parece que no sólo los sensores se habituan sino que también la monotonía tiene que ver con la neurogénesis, el nacimiento de nuevas neuronas, tanto en la médula espinal (asta posterior), como en el hipocampo.
¿Dónde está la relevancia? ¿Quién la etiqueta?
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