Dar explicaciones

Es lógico que los padecientes pidan explicaciones sobre el origen de su padecimiento.
El profesional debiera atender la demanda pero no es tarea fácil. En muchos casos, es imposible.
¿Por qué duele? Por qué estoy mareado? ¿Por qué no puedo con mi alma? ¿Por que estoy tan abatido y desilusionado si no tengo motivos?
Las preguntas de los padecientes son como las de los niños… Ponen a los padres en un apuro considerable.
Los profesionales y los padres han desarrollado un conjunto consensuado de falsas respuestas que sirven para matar la pregunta con la falsa apariencia de haberla contestado.
El dolor de cada región tiene una lista corta de causas típicotópicas que tapan el agujero de la curiosidad. El mareo también tiene sus sanbenitos: las cervicales, el oído, la circulación y los nervios… el desánimo lo causa la serotonina por los suelos… los genes omniimpotentes…
Los profesionales tiran de los tópicos para aliviar la consulta. No hay problema. El padeciente se siente bien al comprobar que su médico, la pescatera y el cuñado comparten su opinión: “los años”, “coger pesos”, “el estrés”, “las contracturas”, “mucho trabajo”, “el oído”, “la circulación”, “me viene de familia”…
Muchos profesionales llegan a creer firmemente en lo que explican. Los padres pueden dar por cierto que los niños los traen las cigüeñas de París y que los Reyes Magos regalan todos los juguetes pedidos… y los explicantes de oficio poner la mano sobre el fuego de que cuanto sostienen es sostenible y que los alivios obtenidos con los remedios surgen de su poder curativo.
Dar explicaciones no es fácil. El profesional necesita tiempo, interés por saber lo no sabido, prohibirse las falsas respuestas, descreer lo creido, creer lo sabido por estar demostrado y publicado. El profesional necesita, una vez cumplidas todas sus condiciones de explicante, un receptor con escucha al que no le chirríe oir lo inaudito, la disonancia, lo novedoso, la explicación que no casa con la lista de causas aceptables…
Cuando el explicante acepta el reto, se toma su tiempo, se aprieta los machos (y las hembras) y se tira con arrojo a la piscina, después de haberse encomendado a todos los santos en los que ya no cree, puede tener la satisfacción de disponer del padeciente-escuchante ideal y dar por bueno el esfuerzo pero no es siempre así…
– No me convence. No estoy de acuerdo. YO…
El padeciente desaprueba el discurso extravagante del origen neuronal, renuncia a las explicaciones y pasa raudo a la solicitud del remedio…
– Al menos, deme algo para quitar el dolor, el mareo, el abatimiento, el insommio… Una solución… o mándeme a algún sitio…
El explicante queda absolutamente desautorizado, desinvestido, desnudo, sin los hábitos…
Dar explicaciones, insisto, no es fácil para nadie. Los sapiens (m.n.t.) han acordado tácitamente una Carta Magna de los engaños compartidos, políticamente correctos.
– Déjese de explicaciones biológicas, exijo las de mi cultura…
Somos como niños… Es una condición exigida para entrar en el Reino de los Cielos…
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