Verá usted...

El artículo de Sol del Val (¡Doctor, tengo miedo!) resume, en un excelente trabajo de síntesis, todos los factores que facilitan la génesis y estructuración del dolor, en ausencia de daño relevante.
Ya en el primer párrafo aparece la clave de todo el embrollo migrañoso…
El padeciente expresa su angustia respecto al sufrimiento, el miedo al dolor, la iluminación necesaria para dar con su origen.
El experto desgrana su sonsonete de cosas sabidas, las letanías de la migraña: “no haga esto ni lo otro, ni mucho ni poco, ni tanto ni tan calvo…”… Su organismo no está para alegrías. Su vida deberá ajustarse a los estrechos límites de la línea recta, unidimensional, imposible…
El experto da una de cal y otra de arena…
– Su organismo es sensible, vulnerable, enfermizo, inestable, impredecible, indefenso. Sólo la austeridad extrema puede procurarle el sosiego. Esfuércese en no salirse de la línea unidimensional. Si no lo consigue, pídanos auxilio a los expertos… Nos va a necesitar… Le cuidaremos…
El padeciente confía en lo expuesto. Acepta su condición deficitaria, su condena a la vida monacal. Espera que con unos ajustes de hábitos, eliminar cubatas, tabacos, comidas fuertes, quesos y chocolates… será suficiente. Si no es así… siempre quedará el experto, el cuidador, el proveedor de remedios cada vez más modernos, es decir, más caros…
El padeciente queda pronto conformado en su condición de “uno más”, un novicio, un creyente confiado en el catecismo, en los mantras de la migraña.
Desgrana confiado las cuentas del rosario de los desencadenantes esperando en que pronto cantará el acierto…
– Es el chocolate, tal como me habían advertido…
Las pruebas son concluyentes:
– Si tomo chocolate, tengo migraña… luego el chocolate produce mi migraña… Bastará no probar el chocolate para no tener migraña… por chocolate… Brillante.
La realidad no es lo que dicen de ella… Dejar el chocolate, el queso, la comida china, el glutamato, el vino y otros “excesos” no aporta ningún sosiego. La migraña no es cosa de desencadenantes… o están por descubrirse los verdaderos responsables, los de “la vida moderna”, los “emergentes”…
– He hecho lo que me aconsejó. He rastreado todos los recovecos de mis hábitos… He puesto en cuarentena todo… Me he privado de todo y ha sido inútil. Sigo igual.
– No se preocupe. Tenemos los fármacos, las moléculas que ponen orden en su desorden molecular…
El padeciente acepta su condición menesterosa creyendo, una vez más, que existen los remedios prometidos…
– Sigo igual…
– No es posible. Le hemos facilitado todo lo que la Ciencia facilita. Algo hace usted mal. Alguna condición genética desborda los límites de lo remediable. Quizás sea usted misma, que se ha vuelto pusilánime, blanda. Piensa que le va a doler…
Al experto no le cuadra el fracaso. Le han explicado las maravillas de los nuevos antídotos del dolor, los espectaculares avances de la Ciencia… Los padecientes, está claro, no colaboran…
– Verá usted: YO más no puedo hacer… Ya hemos probado todo el arsenal. Si el dolor sigue ya no se trata de una condición química alterada sino de una personalidad, la suya, claro… que impide el buen hacer de la Modernidad…
– Y YO… ¿qué hago?
– Usted ya no me sirve… ya no es de “los nuestros”. Le envío a Psiquiatría…
Sé lo que me digo… Es lo que acostumbraba a decir todos los días cuando todo se torcía y los padecientes dejaban de andar por el buen camino…
De esto hace ya unos 15 años…
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