Doctor, ¡tengo miedo!

M.Sol del Val
Psicóloga. Col. M 16624
Experta en duelo e intervención en crisis
-Dr., estoy desesperada, ¡deme algo para el miedo!.
-Ya sabe: no se mueva, no coma, no beba, no se vaya de juerga, no duerma poco ni mucho, no se disguste, no trabaje demasiado. Vive en un organismo débil, muy sensible, necesita de múltiples cuidados.
-Pero, ya hago todo eso y no desaparece, cada vez es mayor, se ha convertido en una pesadilla. Tiene que haber alguna solución.
-Ya le hemos administrado todas las terapias conocidas. No sabemos qué hacer con usted. Se ha convertido en una miedosa crónica. Algo no ha hecho bien.
La paciente abandona la consulta con el miedo a las espaldas y la mochila de la culpabilidad cargada hasta los topes. Quizás la salida de la consulta habría sido distinta si el experto hubiera comenzado por contar la historia desde el principio…
Una fobia es un temor irracional compulsivo, algo que experimentamos en un momento determinado de nuestras vidas condicionado por numerosos factores (personalidad previa, aprendizaje, experiencias, estilos de afrontamiento…)
Hay fobias de múltiples y variados tipos, para todos los gustos. Todas se sustentan en el temor exacerbado a que algo catastrófico ocurra. Todas comparten el componente irracional de dispararse ante estímulos aparentemente inofensivos que no revisten peligro real para el organismo que los percibe. En ocasiones todo el cuadro fóbico florece ante la percepción consciente de un objeto, situación, persona… pero en otras ocasiones la señal de salida se produce por algo que no percibimos conscientemente. Algo que vemos como por el rabillo del ojo.
En el caso de la migraña hay multitud de estímulos, a veces conscientes y a veces no, que desencadenan y hacen que salte la alarma y el cerebro mande, al organismo en el que reside, el mensaje de que es necesario protegerse (como en el caso de una fobia). “Algo” terrible va a suceder si no hago “algo”. El organismo se ve así prisionero de una conducta que lejos de hacer que domine y controle más y mejor la situación le suma en un ritual de evitación que en la mayoría de las ocasiones sigue los dogmas propuestos por los expertos pero que siempre lleva aparejado una lista innumerable de acciones, creencias, pensamientos y emociones que configuran la “migraña personal”.
Cada cual tiene su ritual de evitación, justificado por la negativa a enfrentarse con la situación temida y por el miedo que supone perder el control.
La evitación es un instrumento perfecto al servicio del miedo y de la perpetuación de la fobia. No hay nada peor que evitar. El monstruo se hace cada vez más grande, los fantasmas acechan a cada paso que se da, llegando a producirse un estado de indefensión que lo acapara todo. Toda la vida gira en torno a “ello”. Todo se explica en función de “ello”, todo está condicionado a que “ello” pueda aparecer. Dejamos de decidir, de elegir, de disfrutar, todo lo miramos con las gafas de madera del miedo.
Todo lo que creemos que nos sirve para romper el hechizo y recuperar el control se convierte en una adicción. No podemos vivir sin esa bolsa repleta de cosas que tenemos la convicción de que nos ayudan: el calmante, la oscuridad, el frío en la sien, el recogimiento, la coca cola, meter los pies en agua fría, meter la cabeza debajo del grifo o bailar una sardana a la luz de la luna. El cerebro nos pide más, cada vez más. No se sacia nunca, nunca está satisfecho, nada es suficiente. Las migrañas se hacen más intensas, más frecuentes, igual que en cualquier otra fobia. El miedo irracional sobredimensionado se instala y echa raíces. Cada vez son más los estímulos evitados, cada vez son más complejos los rituales para romper la maldición. A pesar de todo nada funciona. La culpabilidad se instala en el individuo, acrecentada y nutrida por la voz de los expertos.
Un día en una revista especializada encontré la reseña de un libro. De su mano el descubrimiento de este blog y con ello lo que me ayudó a no tener miedo, a romper el círculo fóbico-adictivo de la migraña. Desde mi experiencia y el aprendizaje inestimable que encontré con la pedagogía del Dr. Goicoechea creo que estas son algunas de las claves:
– Reprocesar la información. Cambiemos los viejos paradigmas acerca del dolor por conocimientos nuevos.
– Desensibilizar. Para ello hemos de desarmar y dejar sin poder a lo que consideramos “desencadenantes”. Comamos chocolate, bebamos vino, dejemos que el viento del sur nos de en la cara, durmamos poco o mucho, trabajemos con el ordenador, enfadémonos y, en fin, actuemos, decidamos, elijamos.
– Afrontar con coherencia. Si nuestra nueva creencia (basada en información nueva) es “nada está pasando en mi cabeza” es necesario hacérselo saber a nuestro cerebro y el único modo es ACTUAR: levantarse, debatir, apagar las alarmas, seguir el ritmo, no dejarse amedrentar y no evitar.
No es fácil, no es mágico, te hace salirte de lo establecido, produce no pertenencia a un grupo de afectados, crea al principio una sensación de estar en el trapecio sin red, es un proceso, requiere de paciencia, tesón y perseverancia pero tiene unos efectos secundarios sin parangón: te devuelve el control, te permite disfrutar de pequeñas cosas que habías abandonado hace años, disuelve el miedo.
-Dr, me voy más ligera, ahora entiendo todo…