El diario cerebral

A Homo sapiens (ma non troppo) no le gustan los huecos. Siente horror al vacío. No admite preguntas sin respuesta aunque sí respuestas sin pregunta.
El cerebro rellena con cualquier chapuza de explicación aquello que desconoce. Fabula, sueña, especula… Todo menos quedarse atascado en la nada.
Asistimos a los sucesos y les buscamos siempre orígenes, causas.
Los sensores de materia-energía recogen datos sutiles de todas sus variaciones para tejer una teoría de lo que está sucediendo ahí fuera como significado, relevancia, afección.
Muchos sucesos se quedan huérfanos de explicación. Se producen sin dar señales detectables. El individuo siente y padece pero desconoce la causa, lo culpable.
No pasa nada. Los sapiens (m.n.t.) somos equipo, sociedad y tenemos gente para todo. Tenemos individuos investidos del poder de conocer y explicarlo todo. Son los sabios, los expertos, los letrados de lo indetectable.
El individuo sapiens (m.n.t.), mal que bien, acaba entendiendo el mundo sensible, sensorizado, el exterior. Otra cosa son las entrañas, el interior… De él sólo tiene noticias a través de la pantalla de la percepción, un lugar en el que el cerebro expresa sus evaluaciones. No hay mejor noticia que ninguna. “Sin novedad”.
A veces la cosa se tuerce:
– Me he levantado con dolor de cabeza…
El exterior de la cabeza no muestra ninguna señal que explique la molestia y, rápidamente, aparecen las propuestas sobre la causa…
– Habré dormido mal. Fumé demasiado. Ando estresado con los exámenes, va a cambiar el tiempo…
Todo vale para tapar el hueco de la pregunta. Los expertos se han ocupado de facilitar un muestrario de rellenos. Todos ellos señalan al individuo como responsable. Bien sea por su constitución, su temperamento, sus humores, su fecha de nacimiento, sus hábitos, el entorno en el que reside… el individuo es quien crea las condiciones que contrarían y perturban la paz somática, el paraíso interno, las constantes vitales…
Los expertos consultados dictaminan con rara facilidad el origen del sufrimiento.
– Es el estrés. Las cervicales. Las zanahorias. Malas energías. Algún virus. Las defensas…
El padeciente asiente y se reconforta al recibir explicaciones que le ayudan a controlar el dolor a golpe de buena conducta y unos calmantes…
El vacío queda rellenado. El cerebro procesará el material explicativo rellenante y si queda validado exigirá a su YO que ande fino con lo que es su obligación: nada de cubatas, zanahorias, ordenador ni malos rollos con la pareja… Si YO no cumple aparece el dolor para recordar cuál es el buen camino.
Para los expertos la cabeza es un sitio delicado, vulnerable, frágil, sensible. Cualquier desvarío físico, químico, emocional, energético, astral… puede perturbar el interior… YO debe extremar los cuidados.
En realidad la cabeza es recia, robusta, resistente. Hay piel, hueso (caparazón), cuero (meninge), líquido y una barrera (barrera hematoencefálica) exigente entre lo que circula por la sangre y lo que hay en el espacio perineuronal. Las moléculas de la sangre necesitan visado para entrar al recinto de las neuronas.
Si hay un lugar aislado del mundanal ruido ese es la cabeza. Debiera ser un lugar aburrido en el que nada noticiable sucede. De hecho es así. Apenas hay variaciones… pero los expertos son como los periodistas. Necesitan noticias y consiguen que las haya.
El cerebro periodista publica noticias sobre sucesos posibles, probables, improbables e imposibles pero lo hace a través del lenguaje perceptivo:
– La cabeza corre peligro. Métase al cuarto oscuro. Vomite, tómese el calmante y no salga de ahí hasta que se le autorice…
El padeciente obedece. No tiene alternativa. Desconoce lo que sucede. Sólo tiene la certeza de lo percibido, el apercibimiento de su cerebro a una conducta protectora.
El periódico cerebral perceptivo apercibidor debiera especificar si la noticia se refiere a posibilidades, probabilidades altas o bajas o a imposibles pero no lo hace. Se limita a alertar, asustar, intimidar.
– YO ya no leo la prensa. No dice mas que insensateces, imposibles… Me duele menos…
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