Autoaversión

En condiciones normales nadie decide actuar contra sí mismo, autoafligirse.
Nadie se mete el dedo en el ojo.
Hay un reflejo denominado “reflejo de amenaza palpebral”. El párpado se cierra rápidamente ante estímulos sensoriales tactiles, visuales o auditivos potencialmente amenazantes. Si acercamos nuestra mano rápida y sorpresivamente al ojo ajeno se produce el cierre reflejo defensivo del párpado. La misma acción dirigida al ojo propio no induce ninguna respuesta. Puede probarlo.
El cerebro conoce el alcance, las consecuencias de sus órdenes motoras y sabe que la orden de acercar la mano al ojo propio es irrelevante, inofensiva. No puede tener las mismas seguridades respecto a las acciones ajenas.
Desde la fase embrionaria se va tomando la medida a las consecuencias de todos los patrones activados desde el propio circuito motor. Las consecuencias del YO motriz (el agente) están perfectamente controladas. El cerebro sensitivo sabe anticipadamente qué estímulos se van a producir ante cada acción decidida por el agente motriz. Si estas consecuencias sensitivas son irrelevantes se inhiben las respuestas motoras defensivas así como la percepción de posible amenaza, es decir, el dolor.
El YO motriz, el agente, no debiera evaluarse como amenazante. Levantarse, sentarse, caminar, correr, saltar… es generalmente irrelevante para la integridad física de los tejidos. No genera su destrucción violenta (necrosis). El cerebro evaluativo debiera conceder el sello de in-ofensividad necrotizante a nuestras acciones cotidianas evitando así que la musculatura defensiva raquídea (por ejemplo) se contrajera preventivamente como una especie de párpado que protege la estructura osteoarticular.
Las autocaricias, autocosquillas y autoamenazas palpebrales no funcionan en la misma medida que las aplicadas por manos ajenas.
Con los estímulos agresivos sucede lo mismo. La autoaplicación (por ejemplo el autopinchazo) nociva genera menos percepción de dolor que la aplicación externa. La autoagencia es más confiada.
Cuando el cerebro evaluativo prefrontal valora amenaza atribuye a las acciones propias potencialidad de amenaza volviéndolas dolorosas.
Los pacientes esquizofrénicos no tienen bien construidas las fronteras de la agencia, el YO motriz. Ni siquiera delimitan con nitidez el YO pensante. Lo sienten ex-propiado.
Los pacientes esquizofrénicos con alucinaciones sienten el mismo dolor con la autoaplicación de estímulos nocivos que con la aplicación de los mismos estímulos por manos ajenas. Sienten la propiedad del dolor, les duele a ellos pero no se activan los filtros de irrelevancia derivados del YO motriz. Las consecuencias de las acciones son interpretadas como producidas por la interferencia de un factor perturbador ajeno no como derivadas de una decisión soberana libre de uno mismo.
Los padecientes de dolor en ausencia de daño tienen un problema similar aunque referido al universo de la integridad física de los tejidos.
En una crisis de migraña cualquier acción decidida se vuelve penada, reprobada. El cerebro evaluativo ha eliminado el sello de irrelevancia y todo está bajo sospecha. Mover la cabeza, oir, ver, oler… se vuelve intolerable. La cabeza está amenazada y eso hace que nada es fiable. Todo indica peligro. El individuo está expropiado. Está requisada la agencia. Hay algo perturbador que obliga a extremar las alertas. La cabeza es vulnerable. Puede infectarse, desgarrarse algún delicado tejido interno. Todo ello puede derivarse de algún agente externo peligroso que ha entrado por vía digestiva. Puede que aún ande por el estómago. Nauseas, vómitos (lavado)…
Los padecientes de fibromialgia responden a la autoestimulación nociva como los esquizofrénicos con alucinaciones. No hay diferencia entre el dolor por auto y heteroaplicación (aplicación por mano ajena).
El YO motriz, agente, está bajo sospecha, no porque vaya a proceder a autodestruirse con acciones suicidas sino porque el cerebro evaluativo considera que los tejidos son vulnerables por enfermedad. El cerebro evaluativo está equivocado pero actúa según su criterio.
– No me extraña que le duela. Tiene tres “hernias de disco”, varios nervios pinzados… Tiene que muscularse, cuidar las posturas, dejar de coger pesos… Le conviene la natación, la ingravidez, pruebe con la astronáutica…
El cerebro evaluador impone la ley de la relevancia de cuanto pretende hacer el YO motriz. El organismo no está en condiciones para ser autorizado a moverse libremente. Necesita terapias, gimnasios, meditaciones, fármacos…
– ¿O sea que soy YO la que se produce el dolor?
– En absoluto. Usted no es la agente sino la padeciente. Hay algo interno que no le autoriza vivir (moverse).
– Los huesos…
– No. El cortex prefrontal dorsolateral…
– ¿Y eso qué es?
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