Genes copiadores

Los genes de Homo sapiens (ma non troppo) contienen la pulsión a tomar nota de cuanto sucede a su alrededor, representarlo internamente.
Nacemos con una vulnerabilidad extrema, frágiles e ignorantes pero tenemos cerca a los cuidadores-tutores, los proveedores de nutrientes, cobijo, seguridad… y conocimiento. Ellos nos marcan las conductas a seguir, con sus consejos y su ejemplo.
El cerebro sapiens (m.n.t.) está especialmente dotado para copiar. Sus neuronas tienen la propiedad “espejo”: extraen datos a través de los sentidos de cuanto sucede fuera y generan programas emocionales, perceptivos y motores que reproducen lo que sienten y hacen los otros. La propiedad “espejo” permite aprender observando e interpretar a través de la copia las intenciones ajenas.
En los primeros años de vida el cerebro está ávido de copia. Necesita adquirir las habilidades y conocimiento del grupo, necesarias para sobrevivir. El lenguaje es una muestra brillante de esta extraordinaria capacidad de imitación. El niño no aprende a hablar por las lecciones de sus padres. Le basta oir y lanzar sus balbuceos para que vaya surgiendo toda la compleja estructura lingüística.
La imitación es necesaria pero, como todo, contiene su peligro. La cultura es inevitable y no todos sus contenidos son ejemplares. No todo debe ser imitado. Vendría bien que el cerebro recelara de la simple copia y dispusiera un dispositivo de escape, un espacio crítico que nos proteja de aquello que la cultura sanciona como verdad y resulta ser un fiasco.
La genética sapiens (m.n.t.) está en todo lo que le define como especie y, efectivamente, dispone que junto al cerebro copión, pasivo, imitador, se desarrolle el cerebro escéptico, desconfiado, crítico, contracorriente.
Hay cerebros más copiadores que otros. La estabilidad social necesita la masa obediente, la mayoría silenciosa que acata la normativa social, lo presentado como verdadero y ejemplar, pero el progreso se produce por la presión de la disidencia, de los críticos.
La proporción de cerebro imitador, pasivo, vicentista (Vicente va a donde va la gente) y crítico es variable en cada individuo.
En el tema del dolor la cultura crea una atmósfera alarmista que, caso de ser copiada, generará encendidos facilitados de percepción dolorosa proyectados a aquellas zonas corporales definidas por la cultura como vulnerables. El cerebro copión-imitador exigirá así mismo conductas de evitación de dolor promovidas por esa cultura. El resultado es una idea de organismo vulnerable instruido en una larga lista de estados-agentes peligrosos e inconvenientes que deben ser evitados y otra lista no menos larga de remedios para sentirse bien.
El cerebro crítico recelará de cuanto se proclama como cierto y buscará respuestas a las preguntas que, inevitablemente generará su natural escéptico. Puede que esa actitud le lleve a dar con una idea de organismo más acorde con lo que se cuece por dentro y puede que no encuentre lo que busca en cuyo caso está condenado a pasarse la vida en una burbuja de incertidumbre y confusión.
La cultura de causas y remedios del dolor, en ausencia de necrosis, es manifiestamente deficiente, peligrosa, alarmista y generadora de múltiples adicciones y dependencias.
Las neurociencias podrían calmar las ansias del cerebro crítico pero el conocimiento sobre neuronas y dolor está retenido en alguna frontera, no llega a la cultura de masas.
Homo sapiens (m.n.t.) es copiador y potencialmente crítico y sigue necesitando a los cuidadores-tutores, los expertos en interior somático. Puede construirse una idea del mundo externo por sus propias averiguaciones pero necesita que le sigan asesorando sobre sus entrañas.
Los Homo sapiens (m.n.t.) doloridos y sus tutores necesitan un master en neurobiología del dolor…
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