Así de fácil

Ayer vi en consulta a un probable ex-padeciente de migrañas.
Casualmente vió mi libro (Migraña, una pesadilla cerebral) en la mesa de una compañera, se interesó por él, lo leyó y quedamos para hablar de neuronas y dolor.
Antes, evitaba el sol, el alcohol, algunas comidas… Temía el ajetreo mental, tomaba “calmantes” y sus migrañas duraban varios días.
Estaba radiante, como todos los ex. Había normalizado sus hábitos: hacía lo que le daba la gana (evitando desencadenantes como golpearse la cabeza contra una esquina, meterla al horno para ver si estaba en su punto el pollo, derramarse ácidos y otras acciones igualmente nocivas), evitó los tóxicos adictivos (“calmantes”) y comprobó que no había sucedido nada… mejor dicho: sí había sucedido: apenas había tenido migrañas y las había resuelto siguiendo con su actividad programada.
Ayer, una visitante del blog, angustiada por las migrañas de su marido, mostraba su incredulidad ante la posibilidad de que leyendo un libro pudiera apagarse el infierno migrañoso:
– ¿Es todo tan fácil como comprar un libro y ya?
El libro sostiene algo muy sencillo: la información sobre migraña es responsable de su origen y cronificación. Basta ponerlo todo patas arriba, descreer lo creido, racionalizar el cerebro defensivo, recuperar la confianza en la cabeza como lugar robusto, bien vigilado y protegido…
Abandonar las creencias no es fácil. Los giros de 180º son sencillos pero pueden dar miedo. Existe el miedo a la libertad y también el miedo al conocimiento novedoso. Preferimos oir los sonsonetes del credo compartido en el grupo sin pararnos a pensar si lo creído es creíble. Basta con que nos suene.
El mundo de las neuronas es el mundo de las expectativas y creencias, alimentadas por una pequeña dosis de experiencia propia y una abrumadora proporción de observación-imitación de experiencia ajena y, sobre todo, por la tutoría de los “expertos”, los líderes de opinión”, los primeros espadas del ranking de la excelencia en la materia.
Los circuitos de Homo sapiens (ma non troppo) se han seleccionado a favor de la culturización, la dependencia de las propuestas del grupo. De cuando en cuando, las propuestas cambian según se van consolidando derribos de falacias previas sostenidas como verdades básicas incuestionables. Los líderes de opinión no tiran del progreso sino más bien lo contrario: ponen barreras interesadas para proteger beneficios no declarados.
Comerse un calmante y esperar que se disuelva el dolor en el (inexistente) “centro del dolor” es pura candidez:
– ¿Es todo tan fácil como abrir la boca y comer una pastilla?
El dolor es una percepción compleja que emerge de la actividad conjunta de varias zonas cerebrales. Los procesos neuronales que sustentan su aparición (los llamados “correlatos neuronales”) contienen una endiablada trama química cuyo sentido y propósito es el de evaluar un momento, lugar y circunstancia como amenazantes.
Una evaluación de relevancia de amenaza no se disuelve con ácido acetilsalicílico o triptanita sino con cualquier acción o inacción que disuelva el temor fóbico cerebral a la necrosis.
Mi libro contiene una crítica radical a lo que proponen los neurólogos. En este momento: genes, desencadenantes y silencio sobre red neuronal.
Bastaría con disolver los miedos neuronales probabilísticos ante el daño y la angustia del padeciente ante el dolor para que se recupere el sosiego cefálico.
Construir miedos es sencillo. La biología facilita el proceso. Disolverlos es más complicado. La dependencia de la impronta cultural lo dificulta.
La etiqueta migraña impone su ley que incluye la expectativa de una enfermedad cerebral misteriosa, inabordable, irremediable. Los neurólogos endosan las culpas de la residencia en el infierno a los pecados del individuo: genes, hábitos y automedicación.
El padeciente, en realidad, tiene genes y hábitos razonables y se limita a consumir los calmantes publicitados por quienes ahora le critican:
– Tome rápido el calmante. No espere…
Leer un libro no es fácil. Cambiar todo el andamiaje de creencias, tampoco. No tenemos un mando a distancia para imponer nuevos credos. Sólo podemos abrir la mente, incorporar el nuevo conocimiento, tener el coraje de dejar los calmantes y el cuarto oscuro y… desearnos suerte.
– ¿Así de fácil, sin más?
– Y… sin menos
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