Movimiento ¿voluntario?

Aparentemente nos movemos a golpe de voluntad. Nos ponemos de pie, nos sentamos, andamos, corremos, saltamos… porque lo decidimos así. Los músculos que ejecutan nuestras decisiones se limitan a obedecer nuestros propósitos.
En condiciones normales el movimiento debe ser indoloro. Los músculos desplazan segmentos rígidos sobre superficies articulares bien pulidas y lubricadas. Nada roza, comprime, desgarra ni pinza. Los músculos están suficientemente abastecidos de energía para contraerse y relajados una vez cumplida la tarea.
Si el dolor aparece es que algo va mal, los tejidos no soportan la acción decidida. Nuestro propósito motor afecta algún componente dañado, vulnerable. Los músculos nos obedecen pero su contracción genera problemas, riesgos, daño. Eso parece…
Realmente no pintamos gran cosa en el movimiento. Nos limitamos a seleccionar y exponer deseos: “quiero levantarme, andar, tumbarme, estar sentado ante el ordenador, coger un libro…” El cerebro toma nota de nuestro deseo, valora pros y contras y decide qué hacer, qué programa motor activar, después de evaluar el beneficio y coste de lo que le pedimos. Si ve peligro protegerá la zona implicada en la acción.
La evaluación y toma de decisión motora es compleja. La escala de valores que sopesa el cerebro tiene como referencia no sólo el objetivo del individuo, la ganancia, sino también la repercusión potencial que la acción pueda tener sobre la integridad de los tejidos.
La escala de valores que guía la decisión cerebral entra muchas veces en conflicto con la que promueve los deseos motores del individuo.
– Me voy a levantar…
– Con esa columna mejor estarías en la cama
– Tengo que levantarme…
– Te bloqueo la zona lumbar y activo la alerta por si hay problemas.
– Me duele
– Me lo temía…
El individuo no escoge el programa motor que le pone en pie. Eso es cuestión del cerebro. Básicamente hay dos programas: el confiado y el desconfiado. Si duele es que está activado el desconfiado, el alarmista.
Las decisiones cerebrales sobre selección de programas motores pueden ser erróneas pero el cerebro debe saber que se ha equivocado.
– Me voy a levantar
– Con esa columna mejor estarías en la cama
– A la columna no le pasa nada
– Te recuerdo que tienes dos protrusiones discales, artrosis…
– Ya sabemos que eso no supone ninguna amenaza. Relájate. No tengas miedo. Pon el programa confiado.
– Vale
– No me ha dolido. ¿Ves?
– Lo reconozco. Estaba equivocado. Lo tendré en cuenta para otra vez…
No decidimos si se activa el programa confiado o el desconfiado pero podemos influir en la decisión cerebral . A través del conocimiento podemos proyectar nuestras convicciones al ámbito de las decisiones cerebrales. Podemos representar el movimiento confiado y después solicitarlo.
El movimiento contiene reflejos, condicionamientos, hábitos, temores conscientes e inconscientes… Aprendemos a movernos. El modo de hacerlo estará fuertemente condicionado por la evaluación, el cálculo de coste-beneficio que el cerebro aplica a cada una de nuestras solicitudes motoras.
El individuo propone y el cerebro dispone…
Podemos invertir los término: el cerebro propone y el individuo dispone… dentro de ciertos límites.
La jerarquía entre cerebro e individuo es cambiante, plástica. El error debe ser detectado y corregido. El experto puede ser responsable de la generación de errores pero también puede y debe ayudar a detectarlos y corregirlos.
El individuo debe confiar en que sus deseos motores deben ser atendidos sin miedo y el cerebro debe activar programas confiados, económicos para optimizar el coste-beneficio.
El cerebro debe poner buena voluntad, colaborar con las solicitudes del individuo. Al fin y al cabo no pide nada del otro mundo: levantarse, sentarse, andar, jugar, bailar, hacer deporte… dormir…
– ¿Qué haces ahí en la cama?
– Tengo mal la columna. Me da miedo que me duela…
– Excusas… No te preocupes. La columna está segura. Te pongo el programa confiado. No creo que sientas dolor…
– ¡Es verdad! ¡No ha dolido!