Cambios

Hay especies que aborrecen los cambios. Colonizan un entorno paradisíaco, se pegan a una roca, se protegen con pinchos y venenos y viven plácidamente abriendo orificios por donde entran y salen comida y desperdicios.
Homo sapiens (ma non troppo) no es una de estas especies… desde el asunto de Eva con la manzanita. Desde el traspiés tuvo que buscarse la vida yendo y viniendo de acá para allá buscando sustento y cobijo, con los depredadores pisándole los talones.
De aquella pulsión biológica al nomadismo queda ahora la versión culturizada del turismo. El caso es no parar.
El organismo del prototipo sapiens está especialmente adaptado a los cambios de entorno. La cultura completa el equipamiento con todo tipo de añadidos (calzado, gorras, abrigos, gafas, calefacciones, aire acondicionado, abanicos, refrescos…).
Algo ha pasado sin embargo en estos últimos milenios que le ha vuelto sensible a los cambios.
– Me duele la rodilla. Va a cambiar el tiempo…
Vientos, humedades, soles luminosos, brumas, fríos y calores resultan insoportables. Lo que afecta, sobre todo son las transiciones bruscas. Sapiens necesita estirar, calentar, recibir las novedades a cámara lenta, con prólogos, saludos de cortesía, andar en la paja antes de ir al grano…
Ante los cambios caben dos opciones: concederles relevancia, valor… o negársela.
Cada cambio relevante obliga a un reseteo de los programas. Si la relevancia es por peligro potencial los circuitos de alerta nociceptiva se encienden facilitando la generación y tráfico de información alarmista por la red. El cerebro aprieta el botón de las sensibilidades y acaba apareciendo el dolor allá donde se teme se produzcan las consecuencias.
Es difícil imaginar por dónde entran las humedades y viajan, sin secarse ni mojarse, hasta las mojadas articulaciones activando allá unos supuestos receptores de nocividad, no descritos, que se activan por esa humedad concreta. Lo mismo sucede con los vientos y las temperaturas. No se conocen resquicios cutáneos por donde puedan colarse.
En realidad el interior del organismo sapiens es marino. Las células habitan un medio salino similar al del interior de los peces. Pusimos los pies en tierra pero nos trajimos el mar.
Queda el asunto de la presión atmosférica. Salvo en las cavidades aéreas comunicadas por trompas (Eustaquio) o conductos anfractuosos (senos paranasales) las variaciones de presión se producen homogéneamente y no generan ningún estímulo. Si los cambios de presión son bruscos (ascensiones y descensos en avión o coche) y la comunicación entre las cavidades aéreas no es normal pueden aparecer gradientes de presión que ejercen un estímulo mecánico suficiente como para activar los nociceptores mecánicos y doler.
Hay trabajos que buscan correlaciones entre dolor y cambios de tiempo y las encuentran. También existen correlaciones entre estornudos y primavera…
– La primavera me afecta, me toca las narices.
El aire primaveral contiene polen que confunde a sistemas inmunes vigilantes y bisoños y hace que las mucosas se inflamen. Mi sistema inmune es uno de esos:
– Noto que las plantas han soltado el polen. Mis narices lo detectan. Tengo hipersensibilidad al polen.
Los someliers detectan el año y procedencia de los vinos mirándolos, oliéndolos y degustándolos… pero basta añadir un colorante al blanco para confundirles. Somos una especie muy visual. Eso lo saben los ventrílocuos. Se nos va el seso por los ojos.
Notar los cambios de tiempo a través del dolor quiere decir que el cerebro les atribuye relevancia como generadores de daño potencial y lo comunica al individuo con el mensaje perceptivo correspondiente.
– Usted dirá lo que quiera pero YO (mis rodillas) sé (saben) cuándo va a llover…
– Le creo. Mis narices saben cuándo hay polen… pero no son sus rodillas ni mis narices las responsables sino su cerebro y mis linfocitos. Se dedican a evaluar peligros y, a veces, se equivocan dando relevancia a lo que no la tiene…
Hay poco estudiado sobre esta cuestión y lo publicado no analiza la influencia de la cultura (creencias y expectativas).
Un estudio reciente sobre dolor de cabeza y móviles que manipulaba la información concluía que lo importante en el experimento no era la radiación que aplicaban sino lo que informaban sobre lo que se hacía, el cuándo y dónde decían que activaban el campo electromagnético, no su aplicación real.
A todos los seres vivos les afectan los cambios. Tienen que organizarse en función de lo que traen y quitan. Al sapiens moderno no debieran afectarle los cambios. Los supermercados y las casas siguen abiertos y los depredadores (el fisco) sólo afectan al bolsillo.
Homo sapiens (m.n.t.) ha desarrollado una notable adaptación a los nuevos tiempos, la creencia en lo que es mayoritariamente creído. Habita la realidad institucional. Su idea de organismo ya no se ajusta a lo que hay o sucede sino a lo que se da como socialmente creíble.
Homo sapiens (m.n.t.) ha construido un superorganismo, la cultura, que le ha domesticado. La cultura impone las decisiones somáticas, lo que políticamente es correcto como temido. El cerebro traga, calla y proyecta percepciones en su YO.
Comentarios (5)
Los comentarios están cerrados.