Mi columna

Bien sea porque dejamos de andarnos por las ramas y pusimos los pies en la incierta tierra de la sabana o porque surgimos de los pantanos, el caso es que nos dio por andar a dos patas con manos libres.
De esto ya hace unos pocos millones de años. Dicen que la vocación bípeda nos ha pasado la factura del dolor lumbar. Homo sapiens (ma non troppo) es un bípedo, luego está condenado a padecer “de la columna”. Eso dicen…
Me confieso bípedo y ex-padeciente de la columna.
De esto hará ya unos 25 años. Llevaba tiempo con dolor lumbar ronroneante. Jugábamos un partidillo de fútbol. Recibí un buen balón en el área. Amagué hacia la derecha y colé con mi izquierda un tiro raso y colocado en la portería (contraria). En ese momento sentí junto a la incomparable alegría del gol un dolor mosqueante por la pierna responsable.
– Tienes una hernia discal L5-S1. Haz reposo y tómate antinflamatorios…
Aquello iba de mal en peor. Apareció el hormigueo y desapareció mi reflejo aquíleo.
– Hay que operar.
Me operé y recuperé la normalidad… durante unos pocos años. Me gustaba la jardinería. Cogía pesos, utilizaba la azada, andaba mucho en coche, estaba mucho tiempo sentado en la consulta. Mala vida para una columna bípeda y operada…
Volvió el dolor. Cada poco algo se agarraba a la zona lumbar y me llevaba a la cama. Un mes de baja desesperante, inmóvil. Poco a poco conseguía volver a caminar, entrar y salir penosamente del coche, levantarme de la silla para explorar a los pacientes.. El ciclo se repetía una y otra vez…
– Tienes mucha fibrosis. Probablemente la columna estará inestable. Quizás tendríamos que colocar unos hierros…
Así pasaron unos años, sin horizonte… Imaginaba unas vértebras inestables que se desplazaban con el peso y comprimían una raíz sensible, inflamada… No sé muy bien por qué pero me dio por explorar el movimiento a la vez que me proyectaba, sin muchos argumentos, la confianza en que nada pasaría. Pronto vi que la mezcla funcionaba: movimiento y confianza.
Recompuse mi idea de interior raquídeo. Busqué información sobre dolor, inflamación, reparación de tejidos, neuronas, circuitos. No había gran cosa al principio pero poco a poco iba cogiendo fuste la convicción de que el problema no estaba en la columna sino en la narración que el cerebro había construido sobre ella. Lo importante no era sólo la columna, suficientemente reparada tras la hernia y la laminectomía, sino también el expediente cerebral del trote recibido.
Abandoné mi condición sedente y doliente y recuperé el bipedalismo tranquilo, articulado. Dejé de obsesionarme sobre cómo me sentaba, qué coche me convenía, qué pesos podía coger…
Ya no me ocupa ni preocupa el bipedalismo. Me bastan los músculos que tengo. Sigo sin reflejo aquíleo. No quiero saber cómo está el interior. Me fío y me basta.
Hay veces que siento punzadas, dolores sordos, irradiaciones…
– Tranquilo. Aquello ya pasó. No empecemos otra vez…
Sé que si pudiera traspasar mis convicciones a los padecientes muchos de ellos se librarían del dolor. Lo intento y, a veces, lo consigo. No es fácil pero es sencillo…
– El dolor de columna no está en la columna. Es el cerebro. El dolor es un relato, una historia que el cerebro ronronea continuamente para conseguir la inmovilidad. Es un freno que activa cada vez que quieres arrancar…
– Me han hecho resonancia. Me han dicho…
Lo malo no es lo que dicen sino lo que callan.
El cerebro siempre se va de rositas: la culpa del dolor es de la columna… Descartes…
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