Seguridad

El sistema nervioso central (cerebro, médula espinal) está convenientemente protegido en un estuche óseo (cráneo y columna vertebral). La coraza ósea se complemnta internamente con un revestimiento de membranas (meninges). Las neuronas pueden hacer su trabajo con una razonable tranquilidad. No es fácil que se produzcan incidencias de nocividad por la actividad del usuario. Podemos tener heridas, contusiones, desgarros, hemorragias pero todo ello sucede en los tejidos blandos (piel, músculos, ligamentos) ubicados al otro lado de la cubierta ósea.
A la cubierta vertebral ya le han buscado todo tipo de inconvenientes. Se forman protrusiones discales, picos artrósicos, se rectifican las curvas, se descolocan las vértebras… Todas estas incidencias hacen que los nervios que entran y salen puedan ser pinchados, pellizcados, pinzados, comprimidos, estirados y producir dolor. Eso dicen.
La cubierta craneal no sufre los fenómenos de desgaste habituales de la columna. No hay protrusiones discales, artrosis ni pinzamientos. Las oficinas cerebrales debieran hacer su trabajo con absoluta confianza en la eficacia de las medidas de seguridad seleccionadas por la evolución.
El cerebro habita un caparazón. La tortuga protege su frágil cabeza en el caparazón dorsal. No sabemos si las tortugas sufren dolores de cabeza o de caparazón pero por lógica biológica, por resistencia de tejidos, la probabilidad de que nosotros tuviéramos dolor de cabeza debiera ser inferior a la de la tortuga pues nuestra mollera no se arriesga a salir del caparazón.
Previsiblemente la tortuga tampoco tiene dolores de caparazón.
Para los neurólogos no hay ningún misterio. La tortuga no tiene genes migrañosos (se supone, no se sabe bien en base a qué, que son exclusivos de los sapiens (m.n.t.) ni se expone a los desencadenantes (tabaco, alcohol, estrés, queso curado, chocolate…).
Los neurólogos solucionaron el dilema del origen del dolor repartiendo las culpas entre vasos y músculos: había cefaleas “vasculares” y “musculares” (tensionales). Las arterias de un migrañoso se “inflamaban” y dilataban misteriosamente por obra y gracia de unos genes que sólo implicaban a media cabeza (izquierda o derecha pero no mitad anterior o posterior) y unos desencadenantes a los que se les suponía una capacidad vasodilatadora.
Lo lógico es que si hubiera tales genes inflamadores de arterias el problema afectara a todo el organismo y no sólo a media cabeza. Arterias hay por todos los rincones.
Ahora sabemos a ciencia razonablemente cierta que las pobres arterias no tienen nada que ver en el confuso asunto de la migraña y los neurólogos han tenido que desplazar la responsabilidad a las neuronas. A lo que parece les entra (a las de media cabeza, izquierda o derecha y nunca detrás o delante) de forma recurrente el miedo en sus conexiones y encienden el “generador de migraña”, un maldito centro seleccionado por la evolución para no se sabe bien qué (quizás para fastidiar tras el desliz de Eva).
Las neuronas del cerebro, las células más protegidas del organismo, se han vuelto alarmistas por arte de unos genes que ven peligro para ellas en todo lo que hace el individuo(chocolate, variaciones hormonales, vientos, soles, insommios, transgresiones, estreses, quesos curados…)
Las neuronas residentes en el cráneo temen al individuo, su “estilo de vida” y activan la alarma sin ningún sentido, recluyéndolo en la habitación oscura obligándole a vomitar lo que ha comido.
El “generador de migraña” es un dispositivo de alarma previsto por la evolución para sucesos destructivos violentos (infecciones, roturas arteriales, variaciones bruscas o límites de la presión intracraneal…).
¿Qué hace que las neuronas residentes en el cráneo se comporten así?
Los neurólogos siguen erre que erre con su teoría de los genes y los desencadenantes.
Tenemos miedo, comentan las neuronas en los corrillos de los circuitos. No estamos seguras…
Cuanto más tienen, más quieren…
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