Empatía

Homo sapiens (ma non troppo) es una especie empática. Interioriza lo que les pasa a los congéneres cercanos y reproduce en sus circuitos la representación de sus emociones, percepciones y acciones. Una prueba cotidiana de que esto es así es el carácter contagioso del bostezo. Empatizamos con el bostezo ajeno (me ha bastado citarlo para abrir la boca según lo escribía).
La empatía de los sapiens es una herramienta que cohesiona al grupo, lo sincroniza. Cada observación de un episodio de daño en alguien reproduce en nuestro cerebro empático los patrones de actividad que dan lugar al dolor. Un paciente me contaba que vio unas imágenes sobre una intervención de rodilla y que sintió dolor… ¡en la rodilla!
La copia del sufrimiento ajeno es generalmente tenue y evanescente. Las neuronas responsables susurran suave y fugazmente lo sentido por el prójimo. Con esta copia nos ponemos en el pellejo del otro y actuamos en consecuencia, en función de lo que signifique para uno que le vaya bien o mal al congénere. Si es un ser querido la copia nos empujará a una acción de ayuda y si es un ser objeto de nuestro desaprecio sentiremos un leve o intenso regodeo por su desgracia.
Homo sapiens (m.n.t.), además de empático, es, también, chismoso. Relata compulsivamente los sucesos y previsiones propias y ajenas.
Un tema habitual en la omnipresente tertulia de los sapiens (m.n.t.) es la enfermedad. Los dolores van y vienen de un cerebro a otro disputándose el ranking del día. Las propuestas de orígenes y remedios de los males sobrevuelan los mapas de la corteza cerebral generando un leve ronroneo solidario.
Los foros eran antaño limitados, de unas pocas unidades sapiens (m.n.t.) pero internet ha disparado todas las expectativas. Las páginas de éxito congregan a miles de congéneres sufrientes que leen a diario el parte del drama del dolor crónico, de sus peregrinajes, desesperanzas y ocasionales triunfos.
El cerebro queda así preso de la compulsión a procesar a todas horas todas las letanías del dolor. La atención se vuelve hacia el interior, hacia huesos, juntas, músculos y vísceras emulando todo tipo de reumas, degeneraciones y disfunciones. El cuerpo ya no es lo que es sino lo que se dice de él.
La empatía y el parloteo facilitan la colonización del miedo a la enfermedad, condición necesaria y suficiente para sentirse mal estando bien.
– No me encuentran nada, pero YO algo tengo que tener. Esto no es normal…
– Su cerebro…
– No me convence…
Las propuestas sobre el origen cultural del sufrimiento (en ausencia de enfermedad) no siempre son bien recibidas.
– No hizo mas que hablar… No me soluciona nada…
El cerebro tiene mala prensa, la peor posible… la que le silencia… o, como se dice ahora, le ningunea…
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