Las amígdalas del cerebro

A la entrada del mundo externo, en las fauces, existe a cada lado una formación en forma de almendra, la amigdala. Es asiento frecuente de infecciones en la infancia y, en nuestros viejos tiempos, si estas se repetían en exceso, Don Mariano, el médico de cabecera, procedía a extraerlas en la cocina. Muerto el perro, se acabó la rabia.
A la entrada de la información del mundo externo, en las fauces del cerebro existe también a cada lado una formación con aspecto de almendra, inevitablemente llamada amigdala. Su extirpación daría lugar a una anestesia emocional.
Las amigdalas cerebrales analizan la relevancia biológica y social de los flujos de información de los sentidos. La información sensorial, después de dejar una copia en la amigdala, prosigue su curso hasta las áreas de procesamiento analítico y sesudo de la corteza. Si la amigdala detecta alguna señal sensorial etiquetada como relevante procede a activar la alerta y encender los motores del organismo para una respuesta eficaz.
La amigdala detecta información visual de caras emocionadas, olores y sonidos de lugares, rastros de una pareja potencial, cualquier señal que anuncie peligro, comida o ligue. Memoriza la relevancia de imágenes, olores y sonidos que acompañan a la realidad significativa y toma decisiones sin esperar a la opinión de las oficinas de lo intelectual, ganando un tiempo precioso para la supervivencia o el éxito.
La amigdala es sensible a las señales sensoriales que acompañan a lo relevante pero también lo es a las especulaciones teóricas de las areas frontales, al mundo de lo posible aunque resulte altamente improbable.
Los sentidos y las hipótesis meten el miedo en el corazón de los núcleos de las amigdalas y disparan las alarmas.
Los Homo sapiens (ma non troppo) de los tiempos actuales son asustadizos, desconfiados y pesimistas. Se procuran entornos garantistas, con sustento y cobijo y sin micropredadores. Temen el fracaso social, la exclusión, el ridículo y la enfermedad. Los sentidos transportan flujos rebosantes de todo tipo de señales que son analizados a la luz de la cultura por las áreas teóricas, probabilísticas. Si lo cotidiano es evaluado como relevante se ordena a los nucleos amigdalares que se enciendan las alertas ante lo valorado como significativo.
Las amigdalas de lo estresados crónicos acaban engordando de tanto activarse, angostando el flujo informativo sensorial y derivándolo hacia el encendido preventivo de las alarmas.
El cerebro imaginativo, especulativo, culturizado, sensibiliza sonidos, imágenes, olores y sabores pero también simples palabras, conceptos, expectativas, augurios y ofertas.
Todo se ha vuelto relevante. Las amigdalas no dan a basto. El miedo a lo teóricamente posible impregna lo cotidiano irrelevante. Todo está tocado por la emoción, por la incertidumbre, por el miedo. Vivir es demasiado emocionante.
– No me encuentro bien. Estoy deprimido
– Tiene grandes las amigdalas. Podemos extirparlas. Dejaría de sufrir…
La extirpación de las amigdalas produciría un estado de indiferencia, anestesia emocional.
La inteligencia no tendría el impulso de lo emocional. El cerebro actuaría desde un racionalismo frío.
Necesitamos la emoción para decidir de forma inteligente pero también necesitamos la inteligencia, la racionalidad, la buena información, para contener las emociones somáticas.
La peor combinación es la que, desgraciadamente, se está dando: un organismo crónicamente emocionado por el miedo y una cultura alarmista que retroalimenta ese miedo.
¿Inteligencia emocional? No estoy seguro. No estaría mal tampoco una emoción inteligente…
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