Estima autocorporal

La autocalificación es una actividad continua, inevitable, como lo es la circulación de sangre por los vasos sanguíneos, la respiración o el filtrado renal. Evaluamos nuestra historia pasada, presente y futura, nuestros éxitos y fracasos, nuestras posibilidades…
También evaluamos nuestro organismo, la máquina en la que reside esa condición misteriosa de la autoconciencia. Huesos, músculos, articulaciones, nervios…
En la condición de sentirnos sanos la evaluación es de una extrema simplicidad: todo en orden, estoy bien, no me siento. Sólo percibo el contacto de mi superficie corporal con el mundo. A veces, ni siquiera eso: sólo mi actividad mental mientras paseo o tecleo el ordenador.
El silencio interno se rompe en muchas ocasiones. Sentimos los latidos, las tripas, la respiración, las cargas del esqueleto, la tensión de los músculos, el golpeteo de la luz sobre los ojos, de la vibración del aire sobre los tímpanos o las sustancias volátiles sobre los receptores olfatorios nasales. El cuerpo se vuelve ruidoso, sensible, presente, insoportable.
Tendemos a interpretar que ese cuerpo desagradablemente sentido es un cuerpo enfermo, sobrecargado, degenerado, envejecido,sobrestimulado o abrumado por emociones que no encuentran su expresión natural.
No tenemos en cuenta otra posibilidad: es un cuerpo sano y razonablemente capaz, gestionado por un cerebro alarmista e hipocondríaco que lo considera enfermo, desgastado, sobrecargado, envejecido, sobrestimulado o abrumado emocionalmente.
Lo importante no es siempre lo que está sucediendo sino el modo en que lo valoramos. Esto es especialmente cierto cuando evaluamos una realidad que no está al alcance de nuestros sentidos, como sucede con el interior. Podemos imaginarlo pero siempre será algo especulativo.
– Me duelen los huesos, mis músculos están agotados, mis articulaciones rozan, mis nervios están pinzados, mi mente está embotada… algo misterioso que me quita vitalidad se ha apoderado de mi organismo.
– Está todo normal. Enhorabuena. Su cuerpo es normal. Simplemente se trata de una evaluación errónea de su cerebro. Actúa como si todo lo que usted piensa fuera verdad. En realidad lo que usted piensa es un eco de lo que su cerebro está pensando…
La estima somática es una actividad fundamental. Sin autoestima no vamos a ninguna parte, ni psíquica ni físicamente.
El tema de la autoestima está complicado con los bombardeos sistemáticos a los que nos someten los expertos en corporalidad y la candidez con la que atendemos sus proclamas alarmistas y descalificadoras.
– Tiene mucho desgaste…
El cerebro rumia las evaluaciones de los expertos y elabora programas perceptivos, emocionales y motores para gestionar el día a día de un cuerpo vulnerable al que los mismos expertos que lo han descalificado no encuentran soluciones satisfactorias.
Se activan programas de sentirse enfermo para conseguir conductas de enfermo. La pescadilla se muerde la cola y engorda…
– Lo suyo es un problema de estima de su cuerpo inaparente. Las apariencias externas son correctas. Las internas están por los suelos. Parece (por lo que usted siente) que el interior está calamitoso pero es sólo una apariencia. Todo está suficientemente correcto. Su cerebro debiera desactivar el programa que le hace sentirse enferma sin estarlo.
– Casi preferiría tener una enfermedad aparente. Esto que me cuenta no acabo de entenderlo y tampoco acaba de gustarme.
– Mal asunto… Un alumno que ha hecho bien el examen y se niega a ser aprobado…
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