Psicología y dolor

Fotografía de Cristina Ruiz-@unnika
He tenido la oportunidad de exponer mis propuestas sobre dolor (“Dolor, Biología y Cultura”) en el aula de Psicofisiología Clínica de la Universidad de Barcelona, gracias a la invitación de la profesora Mª José Corral a quien conocí a través de este blog. Ello ha dado pie a reflexionar críticamente sobre el papel que juega y/o debiera jugar la Psicología en el dolor.
Los psicólogos forman parte del llamado “equipo multidisciplinar”, un conjunto de profesionales que se ocupan del complejo problema del dolor no asociado a daño necrótico. Generalmente su papel se reduce a analizar y corregir el afrontamiento cognitivo, emocional y conductual de los pacientes, tratando de que ello les ayude a sobrellevar su situación.
En mi opinión los psicólogos debieran implicarse más en la neurofisiopatología del dolor desde una perspectiva biológica, de organismo, y no dar por buenas las doctrinas de sus colegas “físicos”: anestesistas, reumatólogos, traumatólogos, neurólogos e internistas.
La propuesta cartesiana del dolor sigue viva: el dolor se produce donde se siente y es detectado y conducido hasta la conciencia (cerebro) por “receptores y vías del dolor”, produciéndose allí su procesamiento (evaluación, relevancia y selección de respuesta adecuada). El dolor es la consecuencia de una perturbación en los tejidos y la contribución de las neuronas es la de dar fe de ello y organizar una respuesta cognitiva, emocional y conductual.
El dolor sería, seguiría siendo, desde Descartes, un estímulo. Pero no es así. El dolor es una propuesta cerebral al individuo, un estímulo que el organismo genera y traslada a la conciencia para incitar a una conducta defensiva (lucha-huida o bloqueo motor) según se trate de una amenaza externa o interna y según contexto. La amenaza puede ser fundada o no. Generalmente, en el dolor crónico, la amenaza no tiene fundamento. No hay base suficiente de lesión en los tejidos.
En la cuestión del dolor subyacen temas de profundo calado psicofisiológico como: Percepción, Cognición, Acción. Son los psicólogos quienes más profundizan en su conocimiento y quienes debieran proyectarlo sobre las doctrinas vigentes en dolor y renovarlas en profundidad. Ellos debieran actualizar sus bases neurofisiológicas y propiciar el cambio radical que necesitan, forzando a los clínicos (los expertos en tejidos) a considerar el dolor como una compleja síntesis de estímulos, cogniciones, predicciones y propuestas de organismo.
El problema del dolor está atascado en una inoperancia creciente. Aun no se ha producido, ni tiene pinta de que lo haga, la necesaria racionalización de su tejido conceptual, desde la Neurociencia. Cada especialista sigue construyendo sus propuestas desde la óptica concreta de su interés como profesional, vendiendo orígenes, etiquetas diagnósticas y remedios sin hacer ninguna referencia a neuronas.
Los psicólogos debieran tomar conciencia de su responsabilidad, dejar de ser un simple paño de lágrimas y aplicarse con responsabilidad en deshacer y rehacer las bases neurofisiológicas de esa compleja percepción llamada dolor.
La Terapia cognitivo-conductual es una herramienta válida pero debe ser aplicada primero a las cogniciones y propuestas conductuales de organismo.
Las teorías y propuestas de los componentes del equipo multidisciplinar están rebosantes de falsas creencias y consejos conductuales inapropiados.
La terapia cognitivo conductual necesita terapia cognitivo conductual.
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