Cuesta creer...

Estos días he recibido algunos correos de pacientes con historias tremendas de dolor. En su comentario expresaban la dificultad para creer en la génesis cerebral de su infierno y, por ende, en la resolución a través de la pedagogía, de la comprensión de lo que está pasando.
“Cuesta creer que mi cerebro me haga esto…” “Cuesta creer que pueda Yo construirme este monstruo…”
Efectivamente, cuesta creerlo pero, realmente es así. Lo sabemos porque en las últimas décadas se han podido estudiar con nuevas tecnologías los procesos neuronales que dan lugar a la generación del dolor.
Cuando uno lo ve se disuelve la incredulidad y, a veces, el dolor.
El ejemplo del Sistema Inmune ayuda a entender. Las alergias y las enfermedades autoinmunes son la consecuencia de la decisión de activar la respuesta inflamatoria por una evaluación errónea de peligro, con la consiguiente tortura y riesgo para los pacientes. No sorprende que nuestro propio organismo nos pueda hacer eso y no lo hace porque conocemos, hemos oído hablar del proceso.
– Me paso la primavera estornudando sin parar. Tengo alergia. Mi Sistema Inmune me defiende del polen. Piensa que el aire está lleno de gérmenes. Están intentando hacerle ver con vacunas que el aire primaveral cargado de polen es inofensivo…
– A ver si tienes suerte…
Con el Sistema Inmune no valen las reflexiones ni la pedagogía. Yo soy polínico y de nada me sirve saber que resido en un organismo regido por un Sistema Inmune absurdamente empeñado en ver gérmenes donde sólo hay polen. Estornudo y lagrimeo hasta el aburrimiento.
Con el Sistema nervioso no valen las vacunas pero sí las reflexiones. El saber ocupa lugar y responsabilidad.
Los circuitos neuronales están armados por el aprendizaje y el aprendizaje está guiado por la cultura.
Una vez armadas las conexiones neuronales se disparan los programas cuando está decidido que así sea por más que la decisión sea absurda y mortificante para el individuo.
El problema no es cómo librarnos del dolor sino de las convicciones que lo mantienen activo.
Afortunadamente nadie sabe cómo manipular a su antojo su propia mente ni la ajena aunque hay un modo eficaz de hacerlo: controlando la escolarización, lo que se dice que es verdad. Alertando del peligro y ofreciendo soluciones.
Respecto de lo que no vemos somos como niños. Creemos lo que nos cuentan, en los Reyes Magos o en las propuestas alternativas de Santa Claus, Papá Noel o el Olentzero.
El interior del organismo es desconocido para el individuo, poblado de incertidumbre. Sobre lo que allí sucede se cuentan muchas historias, desde hace muchos milenios. El cerebro humano está seleccionado para ser un excelente creyente en las historias sobre lo que no ve. Eso no es ni bueno ni malo, simplemente humano, demasiado humano…
Antes no sabíamos mucho sobre dolor. Ahora sabemos bastantes cosas pero no sirve el conocimiento sencillamente porque no lo utilizamos ni publicitamos y, en su lugar, seguimos contando y creyendo todas las historias que nos cuentan, a los médicos en la Facultad y a los ciudadanos en las consultas, “saber vivir” y en el mercado.
Cuesta creer… a algunos lo del cerebro y a otros, después de quitarnos la venda, que siga costando creerlo…
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