Si conduzco yo, no me mareo. Copia eferente

El cerebro recela de lo desconocido, de lo no catalogado, de aquello a lo que no ha tomado aún la medida y no puede, por tanto, anticipar sus consecuencias.
Cada vez que se produce una acción, toda la red sabe de antemano lo que puede esperar. No hay secretos ni compartimentos ocultos, misteriosos, con precintados o losas que impiden el acceso a los contenidos que guardan. La red memoriza sobre la base de la codificación común: percepción, acción, cognición, emoción, conducta, impacto social: todo ello es conocido y anticipado cada vez que decidimos hacer algo o, simplemente, lo planteamos en la imaginación.
Copias, copias y más copias de las acciones, intenciones y consecuencias de cada movimiento neuronal. La percepción es un universo poblado de conocimiento anticipado, de significados y consecuencias pre-juzgados y pre-sabidas. Copia eferente significa: copia de la acción en curso. Sabiendo lo que la red va a hacer, en todos sus rincones se puede anticipar lo que va a suceder.
Cuando conducimos el coche accionamos manos y pies. Cambiamos las velocidades, aceleramos, frenamos y giramos a izquierda y derecha. Cada acción genera estímulos visuales, auditivos y propioceptivos que esperamos percibir. El mundo fluye en dirección contraria (flujo óptico) el motor cambia de sonido con los acelerones y cambios de marcha y sentimos los vaivenes del cuerpo con las aceleraciones lineales y angulares del vehículo. Todo encaja, no hay incoherencias. Nuestras acciones y el comportamiento previsible del coche y el mundo están sincronizados.
Si nos toca ser copilotos podemos en cierta medida anticipar los estímulos generados por la conducción del piloto: “cambiará de velocidad para entrar en la curva… frenará… acelerará para adelantar…” pero no son nuestras neuronas ni nuestros músculos los que actúan. La red neuronal del copiloto se mueve entre hipótesis de menor certeza que las del piloto, especialmente si éste tiene un modo imprevisible de conducir, con brusquedades constantes.
Las neuronas del copiloto no tienen certezas suficientes de lo que va a suceder con el movimiento del coche ni del mundo, no son las agentes de lo que deben procesar. No pueden construir una idea estable del estar del cuerpo en el espacio. El mareo es la percepción que expresa esa incertidumbre sobre movimiento propio y ajeno.
La red neuronal del copiloto libera información a la conciencia sobre la incertidumbre corporal. Algo no va bien. El individuo percibe esa incertidumbre en forma de mareo y en ese mismo momento rebota desde la conciencia a la red la información de que el individuo no se encuentra bien. Cuando algo no va bien, el organismo interpreta como primera previsión (procedemos de los tiempos de la sabana, tiempos en los que no había coches) que algo inadecuado se ha comido y decide que es mejor eliminar lo comido.
– Te veo pálido. ¿Estás mareado? ¡Para. Creo que va a vomitar!
Demasiado tarde. El cerebro del niño no ha podido procesar toda ese flujo incoherente de estímulos porque aún no sabe suficiente de viajes en coches.
Ese mismo niño vomitón girará voluntariamente para marearse a conciencia y disfrutar viendo como ha engañado a su propio cerebro y le ha hecho creer que el mundo está girando cuando él sabe que está quieto. Esta vez no hay vómitos. El cerebro sabe que ha sido él mismo el causante del suceso y no da la orden de eliminar los macarrones.
Necesitamos copias eferentes para todo si queremos sentir el sosiego en el cuerpo.
Para ello necesitamos confianza en la red. Si la red huele enfermedad, desgaste, fragilidad… vulnerabilidad… el sistema de copias eferentes se va al carajo y el cuerpo se vuelve sensible a nuestras propias acciones, porque no las sentimos como provenientes de un organismo fiable sino atacado por la certeza de enfermedad.
El cerebro aborrece la incertidumbre. Necesita copias de todas las salidas de cada neurona, incluyendo las del propio individuo…
– No me parece normal. Algo tengo que tener… Hay algo en mí que no va bien…
– Es su cerebro. No tiene copias eferentes de garantía. Está hipervigilante…
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