Especialistas

Homo sapiens (ma non troppo) muestra desde su más tierna infancia una irrefrenable tendencia a destripar la realidad en el tiempo y el espacio en busca de explicaciones de lo pasado que sirvan para optimizar el futuro próximo y lejano. Eso le ha llevado al Big Bang, a la Física Cuántica y a la Teoría de la Evolución.
El organismo no se libra del furor analítico y ha sido objeto de múltiples despieces.
Podemos segregar el espacio corporal en aparatos, sistemas, órganos, células, organelas, moléculas, energías, espíritus… y su historia en intrauterina, neonatal, infantil, adolescente, segunda, tercera e infinita edad… o podemos dividir el cuerpo en piezas, como los carniceros.
Desde la perspectiva del dolor da la impresión de que el modelo seguido para analizarlo es el carniceril: dolor de muelas, de rodillas, de cabeza, de columna, de brazo, de pierna… o dolor de músculos (carnes), huesos (a poder ser con cañada, por favor), tripas y vísceras.
La clasificación topográfica de dolores es, en realidad, una clasificación basada en los sucesos que, lógicamente, se localizan en algún lugar: una infección… una rotura… una quemadura… una falta de sangre-oxígeno en… la rodilla, el antebrazo, la boca, etc.
Cuando no existen infecciones, desgarros, compresiones, quemaduras, carencias de oxígeno o corrosiones, la clasificación de dolor por topografía pierde sentido. No hay que seguir analizando la zona que duele, una vez descartados los agentes y estados de destrucción de tejidos, en busca de una causa sutil local o general que puede habérsenos pasado o inculpar a cualquier factor irrelevante o insuficiente que detectemos (por ejemplo artrosis o protrusión discal…) ni hay que estrujar los hábitos y vidas del paciente en busca de chocolates, estreses y borrascas… Si no se descubre al asesino no hay que inculpar al primer pobre tipo que andaba por allí…
El dolor puede ser clasificado de una forma sencilla y operativa: dolor fisiológico, justificado, acertado, beneficioso, protector, comedido… y dolor patológico, injustificado, erróneo, perjudicial, destructor, desmedido…
Una vez descartado el suceso necrótico debe abandonarse el modelo carniceril, topográfico y centrar el furor analítico en el cerebro.
– Aquí no hay nada. Vámonos. Es el cerebro.
Hay especialistas de carnes, huesos, articulaciones, vísceras, cabezas, extremidades…
Hay especialistas del dolor justificado (Unidades de dolor)
No hay especialistas del dolor erróneo. Nadie parece querer ocuparse de esa patata caliente.
Todo parece apuntar a que es la red neuronal la responsable de la gestión del programa dolor, la que decide encenderlo, mantenerlo y/o apagarlo, la que evalúa si una región del organismo está amenazada y debe ser protegida (con dolor, contracturas o desánimos locales o generales) y que, por tanto, debe ser objeto de una auditoría para conocer los argumentos que justifican tan grave decisión de mantener activo un programa que tortura y anula al individuo a perpetuidad.
Parece que los especialistas adecuados para hacer la auditoría debieran ser los neurólogos pero la segmentación de especialistas que deban ocuparse del dolor erróneo sigue basada en el criterio topográfico, carniceril. Los neurólogos se ocupan sólo del dolor erróneo de cabeza. De barbilla para abajo sólo aceptan una responsabilidad si hay algún cable implicado (dolor neuropático).
La red neuronal sigue sin ser auditada. En su lugar se miran con lupa dietas, serotoninas, virus, tóxicos ambientales, genes, psiconeuroinmunologías… La lupa acaba detectando virus, genes, tóxicos, dietas, serotoninas inadecuadas o nocivas o disfunciones sistémicas.
Bienvenida sea la lupa para llamar la atención sobre lo descubierto pero puede que se nos pase por alto el cerebro, el capo…
Como apuntaba en la entrada de ayer, los niños padecen con frecuencia dolor abdominal, dolor de extremidad y dolor de cabeza. El proceso es el mismo: el cerebro proyecta erróneamente la alerta en una región. Probablemente al niño le mirarán y aliviarán las tripas, los brazos y la cabeza distintos especialistas con pruebas y remedios “específicos”. Probablemente nadie se pregunte el porqué del error alarmista del cándido, asustado, instruido y alarmado cerebro infantil.
¿Quién es el especialista del cerebro…?
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