Síndromes de sensibilización

La realidad, interna y/o externa, puede ser para un ser vivo relevante o irrelevante. Lo relevante queda memorizado como tal y da lugar a respuestas de huida o aproximación según se valore peligro o provecho. Lo irrelevante también queda registrado y da lugar a una respuesta de indiferencia. Hay cosas relevantes, amenazantes o provechosas, per se: el fuego, los venenos, los pinchos, los depredadores, la comida, la pareja potencial. Hay otras de utilidad o perjuicio incierto o ambiguo. La función de la red neuronal es memorizar y procesar lo memorizado para dotarlo de significado. Lo novedoso, la variación, siempre es relevante en potencia, hasta que queda catalogado. El proceso de clasificación de la realidad no contiene una garantía absoluta de acierto. Quedarán clasificados como relevantes estados y agentes, lugares y momentos absolutamente irrelevantes para nuestro interior, para nuestros órganos y tejidos. Dietas, cambios meteorológicos, estreses, posturas, esfuerzos, luces, sonidos, olores y sabores, pasados y futuros, quedan marcados con el sello de la relevancia y activarán la correspondiente respuesta de alerta y protección aunque no haya producido ni se vaya a producir ninguna variación interior. Lo teóricamente relevante puede ser un momento, “los viernes por la tarde”, un lugar, “los sitios cerrados” o cualquier circunstancia cotidiana trivial. La relevancia puede quedar atascada como un disco rayado, tras un traumatismo (“los golpes en la cabeza pueden traer consecuencias en el futuro…”), un suceso emocional (separación), una infección o una anestesia “no eliminada”. El cerebro puede estar sensibilizado hacia cualquier estado, agente, lugar y momento. El cerebro tiende a la superstición. La fibromialgia, fatiga crónica, migraña… son síndromes de sensibilización. No hay nada relevante actual ni futuro. A veces existen sucesos pasados que tuvieron relevancia en su momento y debieran haberla perdido pero el cerebro no devuelve la confianza a lo afectado y mantiene encendidos programas de vigilancia y evitación que incomodan y mortifican al individuo. Los expertos dicen que el estado de sensibilización es misterioso y buscan explicaciones bioquímicas, “sistémicas” o psicoenergéticas. Realmente el cerebro mantiene activamente el estado de sensibilización hacia el interior en función de lo que cree sobre su vulnerabilidad. Son las creencias cerebrales sobre estado de organismo las que quitan y ponen sellos sensibles. _Homo sapiens (_ma non troppo) tiene varios dedos de frente más que sus compadres evolutivos primates. Esos dedos de frente adicionales sirven para especular sobre la relevancia de todo. Desde el lóbulo frontal surgen los certificados de trascendencia de lo que hicimos, hacemos y pensamos hacer. El resto de la red obedece y activa los centros responsables de que nos sintamos bien o mal. El dolor y el cansancio surgen porque los archivos frontales juzgan que el cuerpo no está para demasiadas alegrías y debe quedar en reposo, no despilfarrar energías en acciones condenadas al fracaso o a las que se supone un perjuicio sobre nuestros delicadas y desgastadas osamentas. A los síndromes de sensibilización no hay que buscarles las vueltas en genes o serotoninas. Basta con registrar el lóbulo frontal. La culpa, como siempre, es del gobierno…
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