Cambiar el chip

Cuando los sistemas defensivos del organismo (inmune y neuronal) se equivocan y se empeñan en protegernos del polen, el chocolate, los ácaros o el viento sur no es fácil hacerles bajar de su burro.
Ellos quieren lo mejor para el recinto sagrado del interior, el “medio interno” y activan sus programas (inflamación, dolor) tan pronto como olfatean peligro o camino desviado.
En mi época, los frailes nos reconducían al buen camino a reglazo limpio en aplicación del primer principio de la Pedagogía del momento: “la letra con sangre entra”.
Su punto de mira estaba en el largo plazo: “Cuando seáis mayores lo agradeceréis…”
Soy ya lo suficientemente mayor como para haber sentido el agradecimiento pero no ha sido el caso. Sigo despreciando la receta del palo y la zanahoria (barra de regaliz) y bendigo el momento en que mi madre me trasladó al Insti, un saludable y laico lugar, sin reglazos ni ridículas recompensas.
El punto justo defensivo no es fácil de conseguir y se tiende fácilmente al exceso. El instinto de evitación de daño hace que cualquier fruslería pueda levantar sospechas y activa rápidamente la respuesta de retirada a la guarida. La permisividad es peligrosa.
Los sapiens (ma non troppo) somos bastante vulnerables (corremos y saltamos poco, no tenemos garras, colmillos, venenos ni corazas). Esa lamentable condición física forzó la agrupación en manadas, en las que se aunaban esfuerzos y conocimientos. De allí surgieron los expertos, los poseedores exclusivos del conocimiento del origen y remedio de todo.
Sapiens habita el entorno más garantista y blandurrio que se pueda imaginar. Se acabaron los duros tiempos de sabanas y glaciaciones. Los sistemas defensivos podrían relajar la mano dura y el recelo y adoptar una actitud más abierta y permisiva pero no es así. Hay más inflamación, desánimo y dolor injustificados que nunca.
Los sistemas defensivos mantienen un nivel de alerta irracional. Todo se ha vuelto amenazante.
Los expertos se multiplican. Cada día surgen nuevos especialistas que detectan nuevos peligros y ofrecen bálsamos exclusivos.
El chip cerebral de la incertidumbre y el temor al daño necrótico está en alerta roja continua. No se atreve ni siquiera a apagar por las noches la función de la consciencia para repasar los sucesos del día.
…
– Su organismo está razonablemente sano. Es su cerebro que mantiene activada la alarma constantemente…
– Eso ya lo he entendido y creo o quiero creer que me lo creo pero…¿cómo hago para cambiar el chip?
…
Espero que nunca se dé con un método para cambiar el chip a demanda. Acabaría con toda esperanza de libertad.
El chip se va cambiando él sólo cuando conseguimos derribar las convicciones que contiene y mantenemos una conducta de afrontamiento justo en la dirección contraria a la que nos pide el cuerpo…
Muchas veces lo que falla es el ritmo. Nos empeñamos en cambiar el chip violentamente, de sopetón, urgidos por la ilusión y la necesidad de recuperar el bienestar perdido.
La esperanza y la ilusión son difíciles de dosificar. Si nos pasamos aparecen sus contrarias: la desesperanza y la desilusión.
El chip neuronal es plástico. Está abierto al cambio. Salir del infierno del dolor crónico es posible pero no hay métodos, caminos señalados… Sólo conocemos los que no conducen a ninguna parte… los que deben ser evitados.
Generalmente es por donde andan, confusos, incomprendidos y deseperados los pacientes…
Comentarios (7)
Los comentarios están cerrados.