Aprendizaje
Nuestra especie está marcada por el aprendizaje. Aprendemos a percibir el mundo, a separar lo relevante de lo irrelevante, la figura del fondo. Asignamos y negamos valor a objetos y sujetos, agentes y estados y, sobre todo, segregamos del universo de lo incierto un mínimo de certezas.
Nuestros inevitables credos estarán fuertemente influidos por sucesos propios y ajenos y por lo que los colectivos en los que nos vamos criando van mostrando como contenidos creíbles.
El aprendizaje construye un mundo de piel afuera y otro de piel adentro. El primero lo vemos, oímos, olemos, degustamos y palpamos mientras navegamos por él. Conseguimos así un razonable acúmulo de certezas. Podemos interpretarlo, predecirlo y controlarlo. El segundo es opaco, asensorial, incierto.
El mundo de piel adentro expresa sus estados emocionales (sus necesidades, deseos y temores) a través de los síntomas: hambre, sed, calor, frío, cansancio, mareo, dolor, angustia, desánimo… exigiendo al individuo las acciones oportunas para calmar la incertidumbre.
Gran parte de los requerimientos internos se limitan a expresar una inquietud, un temor, una posibilidad teórica, una corazonada… El cerebro exige al individuo una acción que le devuelva la tranquilidad.
Las expectativas y creencias cerebrales sobre sucesos internos están fuertemente marcadas por la información experta y gran parte de los síntomas emergen de la incertidumbre construida inconscientemente durante el aprendizaje.
El dolor, hambre, cansancio, sed, frío y calor crónicos, ya no indican lesión, desnutrición, agotamiento de reservas de energía ni temperaturas extremas sino un estado emocional surgido de la incertidumbre.
La incertidumbre sobre integridad interior debe inclinarse hacia una de las dos posibles certezas: salud o enfermedad. Cualquiera de las dos es preferible a la insufrible zozobra de la duda.
La interpretación de los síntomas está en manos de los expertos, los tutores que previamente han alimentado las incertidumbres. Puede que la consulta cierre el círculo vicioso de los malos augurios: que parezca estar sucediendo lo que se ha inculcado a temer tener.
Hay síntomas por realidades y hay síntomas por creencias y expectativas.
Hay una docencia que sensibiliza al cerebro hacia la incertidumbre de enfermedad. El mayor problema de esta docencia es que no advierte sobre los peligros de la información que ella misma difunde, y señala al individuo, al perceptor de los síntomas, al alumno, como causante de los males de una escolarización tocada por el catastrofismo de tutores y textos escolares.
Los alumnos-pacientes (comentan los tutores expertos) han salido genéticamente hipocondríacos, depresivos, neuróticos y sensibilizados. El cerebro hipersensible procesa mal nuestra excelente información…
– Le vendría bien una terapia cognitivo conductual. Tiene usted falsas creencias y conductas de afrontamiento inadecuadas…
– ¡Me limito a creer-temer y hacer lo que ustedes me han enseñado…!
– Está usted equivocado. Son sus genes, sus serotoninas, dopaminas y noradrenalinas, sus estreses y reveses, sus esguinces cervicales y mala alimentación, sus karmas y malos rollos…
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