Disfunción cerebral evaluativa y dolor
Los sistemas de defensa del organismo (sistema inmune y sistema nervioso) no sólo deben detectar daños violentos consumados en los tejidos (necrosis), producidos por agentes y estados nocivos (infecciones, quemaduras, desgarros, ácidos…) sino que deben disponer de la capacidad de identificar anticipadamente señales de todo tipo que anuncien una situación potencialmente peligrosa.
El sentido del daño dispone de sensores de nocividad (“nociceptores”) que detectan agentes y estados destructivos y células necrosadas (muertas de forma violenta) y el sentido del peligro de daño valora cualquier pista que permita anticipar especulativamente peligro de daño violento futuro.
El sentido del daño no especula. Detecta hechos consumados y manda señales hacia los centros que organizan las respuestas. El cerebro es el último nivel de evaluación de estas señales. En función de esa información y del contexto en el que se produce la agresión a los tejidos, el cerebro activa el complejo programa de percepción del dolor, programa en el que intervienen diversas áreas, conocidas colectivamente como “matriz cerebral del dolor”.
El sentido de peligro es fundamentalmente especulativo. Valora todos los datos que puedan contener información sobre posibles daños futuros. El sistema inmune evalúa moléculas que pueden pertenecer a agentes y estados peligrosos (gérmenes, células cancerosas) y el sistema nervioso considera datos sensoriales (visión, audición, olfación, gusto, tacto) que permiten captar a distancia peligro potencial externo y activar programas motores de evitación (lucha-huida).
El sentido del peligro tiende a sobrevalorar la amenaza: es más seguro pensar que una rama es una serpiente que lo contrario: coger una serpiente pensando que es una rama. Por ello, cualquier estímulo no codificado (un ruido, un olor, un sabor, la visión de algo que se ha movido…) promueve el encendido de la huida.
El sentido del daño no precisa aprendizaje. Disponemos de programas defensivos con su correspondiente receta en el genoma. Todos reaccionaremos con dolor y una respuesta de evitación ante una cazuela caliente, un pinchazo o un golpe.
El sentido del peligro de daño violento (necrosis) se construye a lo largo del aprendizaje. Cada individuo desarrolla una capacidad diferente para catalogar señales. Partiendo todos de un miedo instintivo a lo desconocido, las experiencias de nocividad propia (heridas, infecciones, quemaduras…), la observación de nocividad ajena y la información sobre nocividad potencial de agentes y estados cotidianos… vamos elaborando una idea de perjuicio, irrelevancia o beneficio proyectada sobre nuestras acciones.
Hay individuos genéticamente más vigilantes, con una mayor atención al daño potencial (“evitadores de daño”) y otros más audaces y arriesgados (“buscadores de novedad”). Los primeros activarán con más facilidad respuestas de huida y evitación ante señales no codificadas y los segundos sentirán la necesidad de explorar lo desconocido.
Los individuos genéticamente más evitadores tendrán una menor probabilidad de daño violento como grupo, pero activarán con más facilidad los programas defensivos aun cuando no haya peligro. Los exploradores, buscadores de novedad, sufrirán más lesiones pero padecerán menos incidencias de falsas alarmas.
La cultura nos permite manipular el entorno, adquirir hábitos de alerta defensiva y conductas de evitación. Nos informa sobre peligros escondidos, no detectables por los sentidos y alimenta y orienta los encendidos de los programas de alarma.
El cerebro, en muchas ocasiones, evalúa al alza la peligrosidad y puede perturbarnos innecesariamente con encendidos frecuentes de la alerta o, incluso, mantener la alarma crónicamente activa.
Un sistema de vigilancia que dispara continuamente el programa es una tortura para el usuario. Imagine vivir en una casa con la alarma sonando constantemente o activándose cada vez que intenta entrar ¡en su propia casa! (sin que se haya producido ninguna incidencia violenta en el interior…).
La disfunción evaluativa cerebral de daño es precisamente eso: la generación facilitada de encendidos de programas defensivos ante agentes y estados absolutamente inofensivos respecto a la capacidad de generar muerte violenta celular (necrosis).
Esta disfunción no la construye el individuo. Es un trabajo continuado de la red neuronal, básicamente inconsciente. La primera noticia que tenemos es cuando se activa el programa y sentimos dolor (escuchamos la sirena). A partir de ese momento intervenimos tomando decisiones y valorando posibilidades sobre posibles causas.
La disfunción evaluativa inmune produce alergia y enfermedades autoinmunes. El individuo sólo puede minimizar sus efectos tratando de evitar los desencadenantes o tomando fármacos supresores de la respuesta defensiva (antinflamatorios, inmunosupresores).
La disfunción evaluativa cerebral produce enfermedades como la migraña, el colon irritable, la fibromialgia o el síndrome de fatiga crónica. Los antinflamatorios e inmunosupresores son poco eficaces y potencialmente tóxicos pues no existe inflamación pero disponemos de un arma de doble filo: la información.
La información experta facilita la disfunción evaluativa por ser alarmista y sensibilizadora. Todo lo cotidiano está señalado como potencialmente nocivo: la meteorología, los alimentos, el ajetreo mental, las cargas mecánicas, las posiciones, los cambios hormonales…
A la vez que se cargan las tintas sobre peligrosidad de hábitos se potencia una idea de vulnerabilidad de organismo, por genética y/o abuso.
El resultado son cerebros hipervigilantes.
La solución, en mi opinión, es la reprogramación de la idea de vulnerabilidad y peligrosidad de nuestras acciones: sustituir la idea de organismo enfermo por la de organismo sano gestionado por un cerebro equivocado.
Ese es el objetivo de las terapias cognitivo-conductuales pero previamente los terapeutas tendremos que definir cuáles son creencias falsas o verdaderas.
En mi opinión la cultura experta sobre dolor crónico actual debe someterse a un proceso en profundidad de revisión de sus doctrinas… Necesita terapia cognitivo-conductual.
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