Autoenfermedades. El cerebro protector

Los organismos pluricelulares son sociedades en las que cada célula es un individuo que tiende a crecer y reproducirse. La sociedad garantiza comida y seguridad pero se queda con el derecho a regular la reproducción celular (desarrollo, reposición y regeneración de órganos y tejidos) y las acciones del individuo, sometiéndolas a las restricciones que el organismo juzgue convenientes para asegurar sustento e integridad física.
La seguridad está a cargo del Sistema de defensa, constituido por el Sistema Inmune y el Sistema Nervioso. Ambos disponen de un catálogo congénito (genético) de estados y agentes de contrastada nocividad (gérmenes, temperaturas extremas, desgarros, compresiones, falta de oxígeno, ácidos, caústicos…) pero a lo largo del desarrollo deberán complementarlo a través de la experiencia (ensayo-error).
Todo aprendizaje es incierto y contiene errores potenciales, por defecto (no están todos los que son) o por exceso (no son todos los que están).
El catálogo de señales de peligro del Sistema Inmune puede incluir moléculas (antígenos) que identifican erróneamente peligro: moléculas pertenecientes a ácaros, animales domésticos, alimentos, fármacos, órganos propios y/o ajenos (transplantes) pueden estar caracterizados como pertenecientes a agentes teóricamente peligrosos cuando, en realidad, son inofensivos o, incluso, potencialmente beneficiosos.
De la misma manera, el catálogo de señales de peligro del Sistema Nervioso contiene potencialmente falsas amenazas: agentes y estados irrelevantes o beneficiosos considerados erróneamente como peligrosos.
Los estados y agentes erróneamente catalogados desencadenan una respuesta defensiva contundente y sin contemplaciones. El Sistema Inmune despliega la inflamación en la zona donde se ubica el “enemigo” y el cerebro activa uno de los diversos programas defensivos de los que dispone. El dolor es uno de ellos.
Los agentes desencadenantes del error Inmunológico se denominan antígenos y el resultado del despropósito defensivo corresponde a las reacciones alérgicas y enfermedades autoinmunes.
Los agentes desencadenantes del error neuronal no se denominan de ningún modo (“desencadenantes”) y el resultado del despropósito defensivo cerebral anda camuflado entre una sopa confusa de etiquetas: trastornos psicosomáticos, “funcionales”, enfermedades “misteriosas” (fibromialgia, migraña…) , somatizaciones…
El Sistema Inmune está adecuadamente señalado como responsable del desaguisado inflamatorio.
El cerebro protector continúa sembrando innecesariamente sufrimiento e invalidez sin ningún indicio de responsabilidad. Las culpas recaen en el individuo, el usuario del organismo: sus genes, sus estados emocionales, sus traumas físicos y psicológicos del pasado, sus hábitos y costumbres, sus huesos, músculos y articulaciones, el aire que respira, sus hormonas, su sistema inmune, la forma en que se sienta, los pesos que ha acarreado, el ajetreo mental, el sueño poco o demasiado reparador, los viajes, las vacaciones, el hambre, el queso curado, el chocolate, el sorbito de champán…
Los excesos de celo protector generan enfermedad, autoenfermedad.
Incomprensiblemente, a la autoenfermedad generada por neuronas se le cuelga el sanbenito de la etiqueta “psico”.
El modelo de organismo vigente en Medicina (“oficial” y alternativa) reconoce que hay una red neuronal pero no le atribuye ninguna responsabilidad en la gestión de los recursos defensivos que ella decide activar.
Hay una patología de la toma de decisión. La que corresponde al Sistema Inmune está correctamente señalada y tipificada como autoenfermedad.
¿Para cuándo la correcta y necesaria consideración de autoenfermedad para la patología de la toma de decisión cerebral?
¿Qué opinan los neuroprofesionales (neurólogos, psicólogos y psiquiatras) de esta cuestión?
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