El silencio de los neurólogos

El dolor no asociado a un foco de destrucción activa y violenta de tejidos (necrosis) es, probablemente, el padecimiento más común y peor atendido por las Medicinas (clásica y alternativas).
Desde que Melzack y Wall definieron a mediados del siglo pasado el dolor como una percepción que contiene una cualidad sensorial determinada, un tono afectivo de sufrimiento y una evaluación sobre origen y repercusión ha habido mucha y excelente investigación para desvelar sus entresijos, en términos moleculares, celulares y de circuitos así como sus aspectos emocionales, cognitivos y sociales.
Del esquema cartesiano del estímulo doloroso----neurona sensitiva----conciencia----respuesta de evitación, hemos pasado a un complejo sistema con numerosos bucles, flujo bidireccional de información, concepto premotor de la percepción e influencia marcada de creencias y expectativas.
La percepción de dolor no emerge de la zona dolorida sino de una extensa red neuronal que se extiende desde los tejidos hasta el cerebro y que contiene diversos nodos de procesamiento entre los que se produce una interacción de ida y vuelta, continua y compleja.
La red utiliza un soporte químico para intercomunicarse pero ese soporte químico está al servicio del procesamiento de lo memorizado, de sus contenidos, hipótesis, probabilidades, previsión de riesgos, toma de decisiones, detección de error y retroalimentación (positiva y negativa). El axioma de “todo es químico, luego puede ser resuelto con química” es falso. La química biológica contiene historia y predicción (información).
Cuando el dolor es el resultado de una lesión aguda necrótica la responsabilidad neuronal y, por tanto, del neurólogo, es limitada.
Cuando el dolor surge de una disfunción evaluativa neuronal, es decir, de forma injustificada, el neurólogo debiera asumir la responsabilidad de su análisis y corrección, al igual que los inmunólogos y alergólogos se ocupan de la disfunción evaluativa del sistema inmune (alergia, enfermedades autoinmunes).
El dolor sin daño es de origen neuronal, independientemente de si se proyecta sobre la cabeza o sobre los pies, así como la autoinmunidad compete al inmunólogo independientemente de si se expresa en la piel, el riñón o los músculos.
Los neurólogos se interesan por la migraña y la blindan con una teoría “específica”, con genes y desencadenantes específicos, con nociceptores y neurotransmisores específicos y, por supuesto, fármacos también específicos.
La migraña no tiene nada de específico. El dolor no contiene genes, nociceptores, químicas ni desencadenantes específicos para cada zona. La humedad no es específicamente nociva para huesos y articulaciones y el estrés y el chocolate para la cabeza. Ni siquiera son nocivos.
Cada especialista construye un apartado dentro del universo del dolor sin daño con una teoría específica adaptada a una práctica también específica. El dolor de cabeza tiene un origen óptico para los ópticos, dental para los odontólogos, témporomandibular para los maxilofaciales, psicológico para los psicólogos, digestivo para los “alimentaristas”, hormonal para los ginecólogos, cervical para los “cervicalistas”, sinusal para los otorrinos, y tensional (plebeyo) o migrañoso (de sangre azul) para los neurólogos.
Necesitamos con urgencia una actualización y unificación de la doctrina sobre dolor. Teóricamente es fácil: sólo hay que interesarse por lo que la Neurociencia va señalando sobre la disfunción neuronal que subyace al dolor.
Parece que lo lógico sería que los neurólogos empezaran a interesarse por la Neurociencia y acometer esa labor.
Los neurólogos callan y miran a otro lado.
¿Sensibilización central? “De lo mío no es…”
Comentarios (2)
Los comentarios están cerrados.