Yo sólo sé que no tienes nada

Pocas cosas conturban tanto a un médico como un cuerpo en pena provisto de todo tipo de certificaciones de buena salud.
– Todo me da normal. Me han hecho análisis y placas. Se los traigo por si los quiere ver.
El médico hace un gesto poco convincente de interés y echa un vistazo a cifras e imágenes que confirman lo que más teme: la normalidad. Sin pruebas no hay enfermedad. Uno está sano mientras no se demuestre lo contrario.
– Es todo normal.
– También me hicieron un psicoanálisis y me dió negativo. No tengo problemas económicos y me llevo bien con la pareja.
Se cierra así la última puerta a la esperanza, la del alma en pena. Si los análisis de cuerpo y alma dan bien, queda en evidencia la incapacidad del sistema para demostrar o refutar algo que parece ser verdad.
Para el paciente parece ser verdad el estar enfermo. Duele todo, está agotado, no concilia el sueño, no puede concentrarse…
Para el médico parece ser verdad el estar sano. No hay consistencia entre el “me duele todo y no puedo con mi alma” y la normalidad de lo objetivo, los análisis y las placas.
La certeza del paciente corresponde al “yo sólo sé que no sé nada” socrático, disculpado por una razonable excusa: “yo no soy médico”. Sólo sé que me siento enfermo, muy enfermo. Lo sé porque soy “el enfermo”.
El médico sostiene su certeza de salud en cifras e imágenes y en la falta de una confesión de penosidad anímica por parte del encausado. Sospecha para sí que algo se oculta o no quiere verse. “Yo sólo sé que no tiene nada”. “Lo sé porque soy el médico”. Barrunta que hay gato psicológico encerrado.
El desencuentro está servido. La diatriba se autoalimenta por la pugna entre la autoridad del padeciente como único conocedor del sufrimiento propio y la del médico como único conocedor de la mecánica corporal.
– El vehículo no pasa de 5o Km/hora y se para cada poco. Luego cuesta arrancarlo. El salpicadero no para de mostrar luces naranjas de advertencia. Al coche le pasa algo.
– Hemos hecho una revisión exhaustiva del coche y es todo correcto.
Habría una forma de resolver el conflicto. El mecánico podría darse una vuelta en el coche para verificar su comportamiento en carretera pero no es posible. El coche sólo admite un conductor, es privado. El mecánico podría imaginarse conduciendo un coche así, ponerse en el pellejo del usuario y, al menos, ofrecer comprensión y lástima.
Habitualmente no es así. Considera que el usuario no sabe conducir. No sabe lo que es el embrague, ni distingue el pedal del freno del del acelerador. Pone marchas inadecuadas. Si él condujera ese coche se acabarían los problemas…
El mecánico olvida el problema del salpicadero, el de los indicadores que saltan a la vez que el coche se muestra remiso a andar. No es el conductor quien los activa sino el coche. Es un vehículo “inteligente”, que toma decisiones a la vez que advierte.
Los médicos (y, lógicamente, también los pacientes) utilizan un modelo de organismo que se corresponde con el de un coche standard. Anda si todo está bien y enciende luces amarillas cuando lo ponemos en peligro. Es un coche sin neuronas, sin capacidad imaginativa, sin memoria, sin hipótesis. Sólo elementos mecánicos y sensores de sucesos y estados, cosas medibles.
El vehículo humano tiene neuronas. El coche funciona en base a hipótesis, anticipaciones, expectativas, incertidumbres. El salpicadero expresa sucesos y estados pero también evaluaciones, probabilidades. Es un coche fantástico, que piensa, habla y toma decisiones o, al menos las sugiere con apremio variable.
– Hemos revisado el coche. La mecánica está bien pero el sistema inteligente de previsión de riesgos está mal reglado y salta constantemente. Intentaremos ponerlo en una posición razonable para que pueda conducir sin problemas.
– Les dejo el coche y hagan lo que tengan que hacer. Lo necesito para poder funcionar. Avísenme cuando esté arreglado.
– Bueno, en realidad el coche es usted…
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