El derecho a la enfermedad

Un gran porcentaje de ciudadanos que acuden a la consulta, quejosos de diversas dolencias, están sanos. La certificación profesional de integridad produce con frecuencia el sorprendente efecto de la decepción.
El padeciente oficialmente sano y decepcionado por ello se convierte en un peregrino en busca de una oficina que le extienda una acreditación de enfermedad. Necesita el certificado para que su sufrimiento sea reconocido socialmente.
Los padecientes sanos no tienen papeles de enfermedad. Los inspectores de enfermedad los exigen para conceder bajas y subsidios … derechos de enfermos.
El sujeto sufriente debe aportar la debida certificación de que es un objeto enfermo.
El padeciente sano se sabe enfermo porque se siente como tal y reclama su condición patológica. Envidia muchas veces a los padecientes con papeles, con análisis y radiografías que lo certifican, los que viven en organismos con infecciones, tumores y degeneraciones. Quiere ser enfermo como ellos. Necesita bajas, terapias y subsidios y, sobre todo, que sus allegados le traten como un enfermo y no como un parásito.
Los padecientes sanos viven en tierra de nadie. Son invisibles y se les pide que sean también mudos pues perturban sus relatos no autorizados de sufrimiento.
Los profesionales les conceden, a regañadientes, la condición de síndrome, una entidad confusa que no soluciona nada. Tener un síndrome no es lo mismo que tener una enfermedad pero al menos ya tienen un nombre, pueden salir al exterior con una etiqueta.
La pertenencia a un colectivo afectado por un síndrome es la antesala del reconocimiento posible de enfermedad. Algo así como la beatificación como antesala de la santidad.
Muchos padecientes sanos están en esa condición de tránsito, en el síndrome. Luchan por conseguir el acceso al reconocimiento de enfermedad, la condición que les legitima y absuelve socialmente.
De momento tienen, en el mejor de los casos, la opción de una posible enfermedad, misteriosa e incurable y unas vagas promesas de los avances científicos.
Y… si… realmente no existe la “deseada” enfermedad… si realmente su organismo está sano?
Dios ha muerto… Marx ha muerto… yo tampoco me encuentro nada bien… la enfermedad ha muerto… dicen que la tal enfermedad no existe…
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