Ronroneo mental y sentido común

La percepción instila significado a la realidad. Los contenidos de la conciencia: lo que vemos, oimos, palpamos, pensamos e imaginamos son la consecuencia de un proceso interpretativo que asigna significado a sujetos y objetos.
Los significados no se producen de forma refleja, por colisión de la realidad con los sentidos. Surgen del “corazón” del cerebro, el circuito córtico-talámico, una estructura que coordina e integra los flujos de información de los sentidos con los provenientes de los centros de evaluación-decisión a todos los niveles de complejidad.
Lo percibido informa en ocasiones sobre lo que está sucediendo en ese momento y lugar y en otras sobre lo que se teme o desea pudiera suceder en ese u otro momento y lugar.
Generalmente el cerebro nos proyecta una interpretación coherente del mundo externo. Imagina anticipadamente la realidad externa con pequeños retoques inducidos por la información de los sentidos. A lo percibido se acopla siempre un ronroneo mental (cognitivo y emocional) sobre posibles sucesos o presencias: “ese coche me puede pillar…, esta comida puede estar contaminada… este tío me la quiere liar… no sé si seré capaz…”. Distinguimos bien lo percibido de lo imaginado. El ronroneo se produce en una capa paralela y no distorsiona las percepciones.
El interior es un medio ideal, con parámetros de banda estrecha, casi constantes, necesarios para la supervivencia de las células. Estas habitan en un estanque purificado, de aguas transparentes y asépticas, una especie de paraíso extracelular.
El circuito córtico-talámico imagina ese interior desde la perspectiva del temor, valorando todo tipo de posibles-probables sucesos. Ese trabajo probabilístico hipocondríaco es similar al de unos padres viendo jugar a sus retoños en un tobogán o al de un vigilante de seguridad de un super.
El individuo percibe el ronroneo mental, un eco de las deliberaciones probabilísticas de su cerebro. Normalmente no pasa de ser un ronroneo, un espacio imaginativo de hipótesis y reconsideraciones sobre pasados, presentes y futuros. Sin embargo de ese ronroneo emerge de cuando en cuando una percepción, una pequeña opresión en la sien o un leve mareo. Ello indica que el cerebro añade a lo imaginado una relevancia, una probabilidad. El ronroneo ha pasado de una tranquila especulación teórica a un estado emocional somático. Los padres se inquietan, el vigilante se plantea la intervención sobre ese ciudadano sospechoso…
El dolor en la sien implica al individuo en la reflexión, le obliga a dedicar parte de su atención a la probabilidad de que algo se esté cociendo en la cabeza. El paciente también ronronea, en fase con el circuito córticotalámico. Lo imaginado va tomando cuerpo, presencia perceptiva, realidad (aparente)…
Los estudios de neuroimagen (resonancia magnética funcional o PET) demuestran que las zonas cerebrales activadas con la imaginación sobre olores, dolores, escenas visuales… son las mismas que se activan cuando se presenta realmente lo imaginado. Sólo es cuestión de intensidad.
Los ronroneos son el caldo de cultivo de las percepciones. La cultura alarmista alimenta la imaginación catastrofista cerebral y facilita el paso de lo imaginado a la pantalla de la conciencia. Basta con que el individuo haga un leve gesto de incomodidad con las propuestas alarmistas de su cerebro para que éste reduzca lo suficiente el nivel de credibilidad de sus reflexiones y vuelva a la capa de lo imaginado (posible pero no probable).
– Presiento peligro en el lado derecho de la cabeza. Debería alertarle…
– Vaya, ya está este pesado con sus miedos del lado derecho de mi cabeza… Anda, déjame tranquilo que tengo que preparar este trabajo para mañana…
Los síntomas en ausencia de enfermedad son la consecuencia de un ronroneo especulativo cerebral sobre posibles estados y agentes que alcanza suficiente cuota de probabilidad como para traspasar el ámbito de lo especulativo al de la percepción.
No sucedería nada si el individuo pudiera poner a su cerebro en su sitio debido, en el de la cordura, en el del sentido común… pero esta tarea se me antoja imposible mientras la cultura popular alarmista no deje de azuzar el fuego de lo inverosímil. Los expertos tienen la obligación moral de proveer de sentido común al proceso imaginativo cerebral sobre interior. Me temo que la incertidumbre sobre interior está alimentada por los expertos quienes hacen la labor contraria a la que debieran: fomentan el temor irracional y la credulidad en mágicos remedios.
Puede que así disminuyan sus propias incertidumbres como profesionales… Sus sueños se hacen realidad…
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