Neurociencia o Neurofilosofía

Desde mi firme convicción de que lo sustancial en la red neuronal es el acopio y posterior aplicación de información, considero que padecimientos como la migraña y la fibromialgia son entidades generadas no (como se propone) por un mal procesamiento de la información sino por un exhaustivo y excelente procesamiento de mala información. El problema no es de continente sino de contenido.
En la consulta me dedico a derribar falacias propagadas por los “expertos” oficiales y sustituirlas por información sustentada en la moderna Neurociencia. La tarea no es fácil. Homo sapiens (ma non troppo) está bien agarrado a su cultura materna y cuesta desarraigarlo. Afortunadamente muchos humanes comprenden y aceptan el valor de lo que se propone y sustituyen miedos injustificados y falsos remedios por conocimiento. Así quedan neuroinmunizados frente a diversos credos.
Hace unos días me comunicaron que una de mis pacientes estaba en Urgencias con una dramática e insufrible crisis de migraña. Le habían administrado los oportunos “calmantes” endovenosos y dormía plácidamente. No quise molestarle y estuve un rato comentando el caso con una enfermera.
En mi hospital saben que predico y aplico una teoría confrontada con los modos oficiales. Tengo la sensación de que no confían demasiado en lo que digo y hago. La enfermera se refería a “mi teoría” y la describió como “una nueva filosofía de la vida”.
No es difícil imaginar lo que piensan los compañeros de urgencias ante una paciente en plena crisis que acude desesperada a que “le pinchen” la vena después de comprobar que no vale de nada tratar de frenar el dolor con palabras. “Filósofo”, en este caso, es un eufemismo cortés de charlatán.
Traté de aclararle que la eficacia de sus pózimas en vena proviene del efecto placebo y que éste es tanto más eficaz cuanto más intenso y desesperante sea el dolor. Supongo que no conseguí modificar ni un ápice su convicción sobre el efecto “real” de los fármacos e indiqué que cuando se recuperara fuera la paciente a mi consulta.
Analicé con la paciente la situación, y, aun cuando estoy convencido de que entiende y acepta el planteamiento cognitivo-conductual, decidimos pedir pruebas para descartar sorpresas y prescribir fármacos (en mi opinión, placebos) para tratar de impedir una nueva crisis de esa magnitud…actuar de forma ortodoxa.
Es frustrante, en plena postdécada del cerebro, comprobar cómo la enorme inversión efectuada en investigación ha conseguido reforzar la fe en las moléculas milagrosas y el desprecio hacia lo que da sentido a la red neuronal: la información.
Físicos, ingenieros, matemáticos, lógicos, psicólogos, bioquímicos, biólogos, informáticos, economistas, sociólogos, empresarios… y algunos psiquiatras y neurólogos atípicos se esfuerzan en arrancar los secretos de la red neuronal para aplicarlos en sus campos respectivos. Lo que buscan es desvelar la forma en la que el cerebro adquiere, retiene, procesa, aplica y corrige información pero para un considerable número de neurólogos y psiquiatras la esperanza-deseo está centrada únicamente en que la Ciencia les facilite nuevas moléculas para, entre otras cosas, acallar las especulaciones filosóficas de los nostálgicos de la mente.
Al comienzo de la década del cerebro (1990) se anunció a bombo y platillo el fin de la migraña para el 2000. Dando por buena la teoría vascular (actualmente desacreditada, incluso oficialmente) se presentó en sociedad la nueva saga de antídotos frente al dolor migrañoso, el remedio específico, el que obliga a las arterias cerebrales a recuperar el calibre debido. Las cosas pintan tan negras como entonces y ya se están anunciando nuevas maravillas para los años venideros…
Puede que, sin quererlo, la enfermera me hiciera un halago: “una nueva filosofía de la vida” admite un sentido no peyorativo: empezar a considerar la importancia de la información, su profundo sentido biológico.
Sin saberlo, a través de sueros y calmantes, los ortodoxos aplican en vena… activadores de ¡INFORMACION! previamente construida, una información que exige impaciente (por obra y gracia del sistema de recompensa) el gesto solemne de la aplicación endovenosa.
Tal como sostiene el primer axioma de la Teoría de la comunicación de Watzlawick:
“No existe en ninguna acción la no comunicación”
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