Causas y desencadenantes

Nuestras percepciones, emociones y acciones son el resultado de una interacción compleja entre nuestros genes y el entorno. Ambos contribuyen a causar y/o desencadenar sucesos. A la hora de atribuir cuotas de responsabilidad a veces se lleva la palma nuestra genética y otras los sucesos.
Hay padecimientos, como la migraña en los que se señala la responsabilidad mayor en la genética, que construye un supuesto generador hiperexcitable de migrañas que sólo necesita la presencia de un estímulo generalmente irrelevante como el chocolate, el queso curado, una variación hormonal o el viento Sur para disparar los programas que conforman una crisis.
¿Qué causa la migraña? La genética migrañosa, contestarían sin titubeos la mayoría de los neurólogos… pero también son importantes los desencadenantes, matizarían prudentemente. Es una pistola genéticamente determinada a dispararse cuando se toca el gatillo sin hacer presión.
Entre los genes y las respuestas hay una compleja red neuronal que está determinada genéticamente a buscar y establecer asociaciones entre nuestro cuerpo y el entorno. Algunas de estas asociaciones están ya bastante preestablecidas por los genes pero muchas de ellas se irán construyendo a golpe de aprendizaje, a base de adquirir experiencia en carnes propias y ajenas y recibir instrucción de los expertos.
Lo importante no es la genética ni el entorno sino la asociación que vamos estableciendo entre estímulos y estados (internos y externos).
Los genes no contemplan ninguna asociación entre sonidos de campana y salivación pero Pavlov podía hacer que el sonido de la campana generara salivación. Para ello debía forzar un aprendizaje en el perro, repitiendo varias veces una secuencia de campana-visión de comida. Los genes sólo habían dispuesto un soporte neuronal que fuera capaz de acoplar determinados sonidos, olores, e imágenes a la probabilidad de que inmediatamente apareciera comida. Hay que andar listo y anticipar lo interesante pues hay mucha competencia y mucho depredador merodeando por el comedor.
Los genes no contemplan ninguna asociación entre chocolate, vientos y viajes y probabilidad de infección meníngea o rotura arterial pero la cultura fuerza una asociación entre estos estímulos y el encendido de programas de alerta. Los programas de alerta son variados. La migraña es uno de ellos. La capacidad de generar comida de la campana es la misma que la de generar una infección meníngea comiendo chocolate. Lo que está en juego es una información sobre probabilidad de contigüidad, de comida con la campana y de peligro cefálico con el chocolate.
Si después de tocar la campana Pavlov deja de presentar comida, el perro deja de salivar. Si después de comer chocolate el cerebro le quita relevancia, no se encienden las alarmas…no duele.
Pavlov y la cultura ponen y quitan asociaciones.
El placebo contiene esa trama asociativa que hace que el dolor se alivie con una acción simbólica engañosa. La trama asociativa es una creencia. El placebo es un efecto creencia. El cerebro del perro y el propio perro de Pavlov cree que después de la campana salivará y el paciente migrañoso (su cerebro y él mismo) cree que después del chocolate vendrá el dolor y las nauseas.
No hay causas y desencadenantes. Sólo creencias construidas por aprendizaje, preparadas en la red neuronal para disparar programas apetitivos o aversivos.
¿Cómo convencemos a Pavlov y al cerebro migrañoso para que inhabilite la asociación?
Se admiten propuestas…
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