El clásico condicionamiento (cultural) humano

Cuando se produce reiteradamente una sucesión de acontecimientos en los que A precede a B, siempre y en ese orden, podemos concluir cuando detectamos A que aparezca B al poco rato. Esto es lo que aprendían los perros de Pavlov en sus conocidos experimentos de tocar una campana inmediatamente antes de presentar la comida. Los chuchos sabían que probablemente vendría la comida si oían el sonido de la campana y salivaban, anticipando así una respuesta digestiva.
El sonido de la campana anunciaba la comida… siempre que el experimentador así lo hubiera decidido. El perro “creía” en el poder predictivo de la campana. Lo que no sabemos es si también creía en la capacidad del sonido de generar la producción de saliva directamente. Si fuera así, estaría, lógicamente, equivocado. Pavlov podía escoger cualquier estímulo para producir la salivación. Bastaba con aplicarlo inmediatamente antes de presentar la comida para conseguir, tras varias aplicaciones, que el estímulo (condicionado a la presentación inmediata de la comida) indujera la liberación de saliva.
Hay ciudadanos que cuando cambia el tiempo sienten que su dolor habitual (equivalente a la salivación canina) empeora. Han comprobado esa asociación una y otra vez y nada ni nadie podrá hacerles cambiar de opinión de que “el cambio de tiempo me produce más dolor”. Incluso presumen públicamente de sus poderes:
– Mañana va a llover. Me duele la rodilla.
Bastaría hacer varias comprobaciones estadísticas sobre dolor y lluvia para saber si la conclusión es cierta, pero, al parecer, lo que sí está demostrado es que las variaciones meteorológicas aumentan la probabilidad de que algo habitualmente dolorido, duela aún más. Es decir: si se toca la campana, los perros salivan; probablemente luego les traigan la comida. Si el amo deja de traer comida los perros dejan de salivar al oir la campana. Dejan de creer en la probabilidad de que el sonido anuncia la proximidad de la comida. Su Sistema Nervioso tiene la capacidad de construir y derribar creencias.
Los humanos somos más cabezotas con nuestras creencias: si cambia el tiempo el dolor aprieta. Damos por sentado de que es así y de nada vale que, realmente, fallemos en la predicción. A la hora de sacar conclusiones hay algo que está por encima de las verificaciones: la creencia… humana. Homo sapiens (ma non troppo) tiene esa condición cabezonil de imponer su criterio sobre lo verificable. El cerebro humano tiene, sobre el papel, los mismos recursos que el canino para cambiar de opinión sobre las probabilidades en función de lo que suceda realmente. Los dos son cerebros científicos en potencia: construyen hipótesis, hacen comprobaciones y, en función de los resultados, reafirman o refutan la hipótesis.
El cerebro de sapiens dispone de una fuente adicional para sacar conclusiones: la fe absoluta en su creencia. Es un estado de convicción singular y peligroso. Puede tergiversar la realidad y añadir una conclusión falsa a la interpretación de los hechos que se suceden en el tiempo: si duele cuando cambia el tiempo… el cambio produce el dolor a través de un efecto nocivo sobre las articulaciones. La campana genera saliva.
– El cambio de tiempo no afecta a los huesos. Ya me dirá usted por dónde entra al organismo y por dónde viaja, “sin romperse ni mancharse”, hasta su rodilla…
– Lo único que sé es que me duele. Usted me va a decir a mí…
La condición humana añadida de la fe está promovida por la cultura. Mantiene alta la convicción de las probabilidades ejerciendo el papel de Pavlov. Para ello necesita un colaborador sumiso: el cerebro. Es el cerebro quien activa el dolor cada vez que su departamento meteorológico anuncia “tiempo revuelto”. El encendido del programa dolor es el equivalente a la actividad de las glándulas salivales. Luego Pavlov mostrará lo comida y el programa generará la percepción dolorosa. El proceso se completa y se refuerza.
Un artículo reciente de Nature muestra la existencia de reflejos condicionados en bacterias y levaduras. La bacteria Escherichia Coli atraviesa el aparato digestivo, un ambiente rico en lactosa y más adelante en maltosa. La bacteria “sabe” que de primer plato tiene lactosa y que de segundo, invariablemente, le sacarán maltosa. Su “aparato digestivo” prepara todo para la digestión de maltosa anticipadamente mientras degusta la lactosa: piensa con deleite ya en el segundo plato.
La cultura nos define, para bien y para mal, como humanos. En el tema del dolor crónico la cultura es la que obceca a nuestro cerebro y, por arrastre, a nuestro YO.
Seguimos teniendo reflejos condicionados como las bacterias y los perros pero, a veces, nos sobra la falsa sabiduría de lo transmitido culturalmente y defendemos a capa y espada nuestras convicciones negando la fuerza de las comprobaciones. Dejamos de ser científicos.
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